Teología Aplicada

¿Quién es más moral?

¿Quién es más moral?

¿Por qué deberíamos “portarnos” bien? ¿Qué ganamos con tener un comportamiento moralmente correcto? En los días de Jesús los fariseos eran las personas a las que los judíos respetaban. Eran los guardianes de la tradición judía, eran los defensores número uno de las leyes ceremoniales. Tan preocupados estaban por la pureza ceremonial que evitaban el contacto con las personas indeseadas de su sociedad: pobres, viudas, huérfanos, publicanos y por supuesto, prostitutas. Como estas personas, a su creer, eran marginadas por los castigos divinos a causa de sus “pecados” ellos evitaban todo contacto con esas personas. En el otro extremo estaban los publicanos, eran parte de ese grupo de indeseados, junto con las prostitutas. Los publicanos eran los cobradores de impuestos que traicionando a sus connacionales trabajan como administradores de los romanos. Eran objeto de todo el odio judío a causa de su trabajo. No eran aceptados en las sinagogas y se prohibía que un judío de “bien” tuviera contacto con ellos. En resumen, los fariseos era la “gente bien” de su época y los publicanos eran los “indeseables”.

Jesús conto una historia a quienes “confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros” (Lucas 18:9 RV1960). Les dijo: “Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano” (Lucas 18:10 RV1960). Siguió con el relato diciendo: “El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano” (Lucas 18:11-12 RV1960). Continuando con la historia les dijo: “Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador” (Lucas 18:13 RV1960).

Muchos podemos tener el comportamiento del fariseo, podemos tener una vida intachable ante las personas que nos conocen. Podemos ser “gente bien” que merece toda la admiración del mundo. Al igual que el fariseo podemos estar en el error de pensar que necesitamos hacer algo para merecer el favor divino, podemos creer que si hacemos el bien si o si Dios debe recompensar nuestro “buen comportamiento”. Este es el engaño más grande del que puede ser victima un creyente. A los ojos humanos este fariseo merecía ser alabado y ser puesto por ejemplo por su religiosidad.

En contraste esta el publicado, ese ser despreciable, que fue al templo y lo único que tenia que mostrar era su realidad: era un ser despreciable que no merecía el favor divino. No hay más que decir de este publicano, merecía todos los “castigos” posibles.

Sin embargo, Jesús dejo a su audiencia boquiabierta al decirles: “Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido” (Lucas 18:14 RV1960) ¿Qué dijo Jesús? ¿Qué el despreciable publicano descendió a su casa justificado y que el buen fariseo no? Pues si, eso fue lo que dijo Jesús. No es lo que hacemos lo que nos hace merecedores del favor Divino. Debemos entender que Dios nos ama, punto. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16 RV1960) ¡Dios nos ama y ese amor no depende de lo que hagamos!

Entonces, ¿Por qué debemos tener un comportamiento “correcto”? Muchos hemos creído que debemos hacer méritos para ganar el cielo, que nuestro comportamiento define si seremos salvos o no. Pablo es contundente: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8 y 9 RV1960). Tenemos que entender que es por la gracia de Dios que se nos ofrece la salvación. Así de simple, lo único que debemos hacer es aceptar los méritos de Cristo. Esta es la única acción que Dios espera de nosotros. Porque resultado de esta decisión nuestras vidas serán transformadas.

La vida de David para mi es un enigma, porque Dios dice de él que “era conforme al corazón de Dios” ¿De verdad era conforme al corazón de Dios? ¿Cómo un hombre que mato doscientos filisteos para obtener de estos sus prepucios puede ser considerado un hombre conforme al corazón de Dios? ¿Cómo un hombre que fue capaz de robar la mujer de un extranjero y matarlo en ese proceso recibe semejante calificativo? Bueno, ese es el misterio de la bondad. El fariseo a nuestros ojos merecía descender a su casa justificado, hacìa todo lo que se espera de un buen cristiano, el publicano por el contrario a nuestros ojos merecía toda la ira divina. Y esto se debe a que Dios mira el corazón, las intenciones, los motivos.

Pablo escribió “Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. Y si repartiese todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve” (1 de Corintios 13:1-3 RB1960). En resumen, nuestro comportamiento debe ser resultado del amor de Dios en nosotros. No estaremos buscando nuestro beneficio, ni tratando de convencer a Dios o al mundo que merecemos ser llamados hijos de Dios.

Pablo añadió: “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 de Corintios 13:4-7 RB1960). Es el amor de Dios el motor que nos lleva hacer lo que es correcto. Es el resultado, no el medio.

Si decidimos invertir la formula y convertir las “buenas acciones” en el medio para encontrar la salvación y paz que todos buscamos, de seguro vamos a fracasar y seremos los seres humanos más miserables de este mundo. Pero si decidimos permitir que el amor de Dios obre en nosotros el resultado será que nuestras vidas estarán llenas de “buenas acciones” que transformen el mundo. Y no para ganar el favor de Dios o para que el mundo nos reconozca, sino porque deseamos ser sus embajadores en esta tierra. El mundo necesita de jóvenes que llenos del amor de Dios transformen su entorno, que lo llenen de pequeños actos de amor: sonreír, ceder un asiento, ayudar a cruzar la calle a un anciano, compartir nuestro alimento, sembrar un árbol, cuidar nuestros parques, recoger la basura.

Entonces ¿Quién es mas moral? A la luz de la palabra de Dios, ninguno. “Todos nosotros somos como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos todos nosotros como la hoja, y nuestras maldades nos llevaron como viento” (Isaías 64:6 RV1960) Así de simple, por nuestros medios no podremos encontrar la paz y seguridad que tanto buscamos. A los ojos de Dios nuestra “moralidad” es basura, no vale, no cuenta. Jesús dijo “Jesús le dijo: YO SOY el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6 RV1960). Nuestra única esperanza es Jesús. 

¿Y tú, aceptas a Jesús?

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