El popular cuento El Patito Feo refleja, de alguna manera, los infortunios que afrontó su autor durante la infancia. Hijo de un humilde zapatero, Juan Cristian Andersen conoció de cerca las penas y la pobreza en Dinamarca. A los once años quedó huérfano de padre y tuvo que dejar la escuela. Durante tres años logró sostenerse económicamente haciendo títeres.
Sin embargo, las dificultades no apagaron su deseo de salir adelante. Su espíritu de superación lo llevó a trabajar como actor, cantante y bailarín. Era un hombre decidido a no dejarse vencer por los obstáculos. Finalmente alcanzó el éxito como escritor, recibió el apoyo del rey y, con el encanto de sus cuentos, conquistó el corazón de niños y adultos.
Andersen es uno entre tantos seres humanos que avanzaron a pesar de las dificultades. Los obstáculos no fueron para él un freno, sino un impulso para perseverar. Esta experiencia nos recuerda una verdad que también he comprobado en mi vida ministerial: cuando caminamos con fe, confianza, constancia y amor por lo que hacemos, los obstáculos pueden convertirse en oportunidades para ver la mano de Dios.
Sin embargo, las dificultades no apagaron su deseo de salir adelante. Su espíritu de superación lo llevó a trabajar como actor, cantante y bailarín. Era un hombre decidido a no dejarse vencer por los obstáculos. Finalmente alcanzó el éxito como escritor, recibió el apoyo del rey y, con el encanto de sus cuentos, conquistó el corazón de niños y adultos.
Andersen es uno entre tantos seres humanos que avanzaron a pesar de las dificultades. Los obstáculos no fueron para él un freno, sino un impulso para perseverar. Esta experiencia nos recuerda una verdad que también he comprobado en mi vida ministerial: cuando caminamos con fe, confianza, constancia y amor por lo que hacemos, los obstáculos pueden convertirse en oportunidades para ver la mano de Dios.
En la evangelización triunfan los que trabajan con Dios y no se rinden ante las dificultades
El trabajo para Dios y su obra no es la excepción. Servirle requiere fe, esfuerzo, constancia y, sobre todo, un profundo amor por Cristo Jesús y por las personas que necesitan conocer su salvación. En las tierras del Magdalena Medio, el trabajo misionero demandaba todo esto y mucho más. El terreno era difícil, las distancias eran enormes y cada jornada traía un nuevo desafío.
Día tras día enfrentábamos circunstancias que podían desanimarnos. Por eso, cada mañana elevaba una oración sencilla, pero llena de confianza: «Señor, hoy no será fácil, pero ayúdame a mí y a mis hermanos misioneros para que, en esta región, nadie se quede sin ser alcanzado por el mensaje de salvación». Esa oración nos recordaba que no estábamos solos y que la misión no dependía únicamente de nuestras fuerzas.
En una de aquellas giras misioneras debíamos internarnos en las montañas y enfrentar toda clase de peligros. Pasábamos gran parte del día bajo la espesura de la selva, casi sin ver el sol. En una jornada apenas alcanzábamos a realizar tres visitas: una en la mañana, otra al mediodía y la última en el lugar donde pasaríamos la noche. Entre una casa y otra podían separarnos hasta seis horas de camino.
Durante aquellas dos semanas todo el recorrido se hacía a pie. Cargábamos sobre nuestras espaldas nuestros objetos personales y el equipo de evangelismo. En la selva debíamos atravesar ríos —algunos de ellos crecidos—, enfrentar animales salvajes y convivir con el temor que generaba la presencia de movimientos armados insurgentes. Humanamente, había muchas razones para detenernos; espiritualmente, teníamos una razón mayor para continuar: confiábamos en el Dios que nos había enviado.
Día tras día enfrentábamos circunstancias que podían desanimarnos. Por eso, cada mañana elevaba una oración sencilla, pero llena de confianza: «Señor, hoy no será fácil, pero ayúdame a mí y a mis hermanos misioneros para que, en esta región, nadie se quede sin ser alcanzado por el mensaje de salvación». Esa oración nos recordaba que no estábamos solos y que la misión no dependía únicamente de nuestras fuerzas.
En una de aquellas giras misioneras debíamos internarnos en las montañas y enfrentar toda clase de peligros. Pasábamos gran parte del día bajo la espesura de la selva, casi sin ver el sol. En una jornada apenas alcanzábamos a realizar tres visitas: una en la mañana, otra al mediodía y la última en el lugar donde pasaríamos la noche. Entre una casa y otra podían separarnos hasta seis horas de camino.
Durante aquellas dos semanas todo el recorrido se hacía a pie. Cargábamos sobre nuestras espaldas nuestros objetos personales y el equipo de evangelismo. En la selva debíamos atravesar ríos —algunos de ellos crecidos—, enfrentar animales salvajes y convivir con el temor que generaba la presencia de movimientos armados insurgentes. Humanamente, había muchas razones para detenernos; espiritualmente, teníamos una razón mayor para continuar: confiábamos en el Dios que nos había enviado.
Cada día repetíamos esta promesa y descansábamos en ella:
«EL ETERNO ES TU REFUGIO, Y ACÁ ABAJO LOS BRAZOS ETERNOS; ÉL ECHÓ DE DELANTE DE TI AL ENEMIGO, Y DIJO: DESTRUYE».
(Deuteronomio 33:27)
Y, al caer la noche, compartíamos con la familia que nos hospedaba otra promesa que llenaba el corazón de esperanza:
«ESFORZAOS Y COBRAD ÁNIMO; NO TEMÁIS, NI TENGÁIS MIEDO DE ELLOS, PORQUE JEHOVÁ TU DIOS ES EL QUE VA CONTIGO; NO TE DEJARÁ, NI TE DESAMPARARÁ».
(Deuteronomio 31:6)
Con Dios, el esfuerzo nunca es en vano
Después de dos semanas de caminatas, visitas, oración y predicación, llegaba uno de los momentos que más esperábamos: la gran reunión del último sábado. Durante cada visita invitábamos a las personas a encontrarnos en un punto determinado, y aquel lugar terminaba convirtiéndose en una verdadera celebración de la fe.
El día transcurría entre alabanzas, predicación, testimonios, fraternización, bautismos y mucha oración. Aún hoy, cuando recuerdo aquellos momentos, me emociono y mis ojos se llenan de lágrimas. Allí comprendía, una vez más, que el trabajo realizado para el Señor nunca es en vano.
Todo el cansancio, las largas caminatas y los riesgos cobraban sentido al ver a hermanos y amigos reunidos en cuerpo, mente y corazón. En algunas de aquellas convocatorias llegaban a reunirse más de doscientas personas: niños, adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos provenientes de diferentes lugares de aquella extensa zona selvática. Para nosotros, cada rostro representaba una respuesta de Dios y una razón para seguir adelante.
El día transcurría entre alabanzas, predicación, testimonios, fraternización, bautismos y mucha oración. Aún hoy, cuando recuerdo aquellos momentos, me emociono y mis ojos se llenan de lágrimas. Allí comprendía, una vez más, que el trabajo realizado para el Señor nunca es en vano.
Todo el cansancio, las largas caminatas y los riesgos cobraban sentido al ver a hermanos y amigos reunidos en cuerpo, mente y corazón. En algunas de aquellas convocatorias llegaban a reunirse más de doscientas personas: niños, adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos provenientes de diferentes lugares de aquella extensa zona selvática. Para nosotros, cada rostro representaba una respuesta de Dios y una razón para seguir adelante.
Por la gracia de Dios, tú también puedes
Tal vez hoy los obstáculos que tienes delante sean distintos, pero la necesidad de confiar en Dios sigue siendo la misma. Con la ayuda de Cristo Jesús puedes perseverar, superar el desaliento y continuar sirviendo aun cuando el camino parezca difícil. No se trata de confiar únicamente en nuestras capacidades, sino de poner nuestros dones al servicio de Dios y permitir que Él fortalezca lo que nuestras fuerzas humanas no pueden sostener.
La perseverancia cristiana no significa que nunca sentiremos cansancio o temor. Significa que, aun en medio de ellos, decidimos seguir caminando porque sabemos en quién hemos puesto nuestra confianza. Cuando Cristo ocupa el centro de nuestra vida, la dificultad no tiene la última palabra: nuestra esperanza descansa en Él.
La perseverancia cristiana no significa que nunca sentiremos cansancio o temor. Significa que, aun en medio de ellos, decidimos seguir caminando porque sabemos en quién hemos puesto nuestra confianza. Cuando Cristo ocupa el centro de nuestra vida, la dificultad no tiene la última palabra: nuestra esperanza descansa en Él.
Amor hecho servicio en medio de los obstáculos
Vivir es amar, y amar es servir. El amor convertido en servicio es el motor de las acciones más nobles. Nos impulsa a compartir, a ser generosos y a recordar todo lo que hemos recibido de Dios, de quienes han caminado a nuestro lado y de la vida misma.
La deuda de gratitud parece infinita cuando hacemos memoria de los dones que Dios nos ha concedido, de las capacidades que ha puesto en nuestras manos y de las innumerables formas en que su gracia nos ha sostenido. Por eso, servir no debería sentirse como una carga, sino como una respuesta agradecida al amor que primero hemos recibido de Él.
Anímate a compartir con otros las buenas nuevas de Cristo Jesús. Hay una alegría especial reservada para quienes deciden servir. Las dificultades llegarán, pero no tendrán que conducirnos a la desesperanza, porque quienes aman, confían y sirven al Señor saben que no caminan sólos.
Sirve con sencillez, prontitud y desinterés. Muchas personas necesitan una palabra de esperanza, un gesto de bondad y una vida que les muestre que Cristo sigue transformando corazones. No estamos en esta tierra únicamente para acumular, sino para enriquecer la vida de otros con los talentos que Dios nos ha confiado.
Si en algún momento el camino se vuelve difícil, recuerda que nuestra esperanza no está en la ausencia de obstáculos, sino en la presencia de Cristo Jesús. Él fortalece al cansado, anima al que se desalienta y sostiene al que decide continuar. Con Él, cada obstáculo puede convertirse en una oportunidad para crecer en fe, servir con mayor amor y comprobar, una vez más, que Dios permanece fiel.
La deuda de gratitud parece infinita cuando hacemos memoria de los dones que Dios nos ha concedido, de las capacidades que ha puesto en nuestras manos y de las innumerables formas en que su gracia nos ha sostenido. Por eso, servir no debería sentirse como una carga, sino como una respuesta agradecida al amor que primero hemos recibido de Él.
Anímate a compartir con otros las buenas nuevas de Cristo Jesús. Hay una alegría especial reservada para quienes deciden servir. Las dificultades llegarán, pero no tendrán que conducirnos a la desesperanza, porque quienes aman, confían y sirven al Señor saben que no caminan sólos.
Sirve con sencillez, prontitud y desinterés. Muchas personas necesitan una palabra de esperanza, un gesto de bondad y una vida que les muestre que Cristo sigue transformando corazones. No estamos en esta tierra únicamente para acumular, sino para enriquecer la vida de otros con los talentos que Dios nos ha confiado.
Si en algún momento el camino se vuelve difícil, recuerda que nuestra esperanza no está en la ausencia de obstáculos, sino en la presencia de Cristo Jesús. Él fortalece al cansado, anima al que se desalienta y sostiene al que decide continuar. Con Él, cada obstáculo puede convertirse en una oportunidad para crecer en fe, servir con mayor amor y comprobar, una vez más, que Dios permanece fiel.