El 2 de enero de 1979 comenzó mi vida ministerial. Fui asignado como ayudante del pastor José Rufino Arias en el distrito de Sabana de Torres, al sur de Santander. La tarea era tan desafiante como emocionante: debíamos atender un territorio extenso que incluía San Rafael y Papayal, en Cesar; Puerto Wilches, en Santander; San Pablo, en Bolívar, además de numerosas zonas rurales, apartadas e inhóspitas.
Durante una gira misionera a San Pablo, Dios me concedió el privilegio de conocer al hermano Gabriel Pérez, un miembro fiel de la iglesia y un misionero ejemplar. Junto con su esposa y su hijo, se ofreció a acompañarme para iniciar obra en lugares donde el evangelio aún no había llegado. Su compromiso era admirable: dedicarían quince días de cada mes a predicar en aquellas comunidades.
Una inquietud no dejaba de rondarme. Le pregunté con quién dejaría su finca, los cultivos, las gallinas y el ganado cada vez que saliéramos de gira. Su respuesta reveló la profundidad de su fe:
Durante una gira misionera a San Pablo, Dios me concedió el privilegio de conocer al hermano Gabriel Pérez, un miembro fiel de la iglesia y un misionero ejemplar. Junto con su esposa y su hijo, se ofreció a acompañarme para iniciar obra en lugares donde el evangelio aún no había llegado. Su compromiso era admirable: dedicarían quince días de cada mes a predicar en aquellas comunidades.
Una inquietud no dejaba de rondarme. Le pregunté con quién dejaría su finca, los cultivos, las gallinas y el ganado cada vez que saliéramos de gira. Su respuesta reveló la profundidad de su fe:
“Haré un pacto con Dios y Él se encargará de cuidarla. Lo que tendría que pagarle a un cuidador se lo daré como ofrenda al Dueño de todo. Él y sus ángeles se encargarán”
Y así ocurrió: mientras la finca quedaba sola, nunca se perdió nada.
Un vehículo al servicio de la misión
Evangelizar aquellos lugares era una tarea difícil y, en ocasiones, peligrosa. Las comunidades estaban muy distantes de San Pablo, ciudad ribereña del río Magdalena, y el transporte solo pasaba cada ocho días. Por eso le pregunté al hermano Gabriel cómo llegaríamos hasta esas poblaciones.
“Voy a viajar a Bucaramanga y compraré un campero para dedicarlo a la obra misionera. Así podremos llegar a esas comunidades olvidadas; y donde no haya trocha, seguiremos a pie”.
El hermano Gabriel no sabía de vehículos. Sin embargo, después de orar con mucha fe, viajó a la ciudad y comenzó a preguntar qué tipo de campero le serviría para recorrer aquel territorio. Varias personas le aconsejaron buscar un buen mecánico que lo ayudara a elegir y revisara muy bien el vehículo, para que no perdiera su dinero. Él les respondió con absoluta confianza:
“Yo cuento con el mejor mecánico y, con Él, no puedo perder”.
Entonces buscó un lugar tranquilo, elevó una oración al Dios del cielo y le presentó su necesidad:
“Señor, necesito un campero para la obra misionera. El dinero que tendría que pagar para que alguien me ayude a encontrar el vehículo adecuado, te lo daré a ti como ofrenda, porque tú sabes cuál me conviene. Permite que el primero que me ofrezcan, y que supere la prueba de ruta hasta Morro Rico, sea el indicado”.
Morro Rico era un cerro ubicado a las afueras de la ciudad. El primer vehículo que le ofrecieron fue un Willys. Pasó la prueba, así que lo compró. Luego contrató a un conductor para llevarlo hasta Puerto Wilches y, desde allí, lo transportaron en una embarcación hasta San Pablo, Bolívar. Poco tiempo después, su hijo de catorce años aprendió a conducirlo.
Aquel campero Willys se convirtió en una verdadera bendición para las giras misioneras por ese territorio inhóspito de Bolívar.
Nuestro Dios nos conduce cuando se lo permitimos
Antes de iniciar cada gira misionera, nos arrodillábamos en la finca y pedíamos la presencia del Espíritu Santo. Rogábamos que fuera delante de nosotros, preparando el camino y haciendo sensibles los corazones, para que las personas recibieran la Palabra con alegría.
Los resultados de cada visita eran profundamente gratificantes. La gente recibía el mensaje con entusiasmo y nos pedía que le enseñáramos más acerca de Jesús. En una ocasión, avanzamos con nuestro “carro misionero” hasta donde el camino lo permitió y luego caminamos durante ocho horas para llegar a San Blas, una población internada en las selvas de Bolívar.
Llegamos cerca de las cinco de la tarde. Por el parlante del pueblo se anunció la conferencia y, a las siete de la noche, prácticamente toda la población estaba reunida. Titulé el mensaje “Un amor que redime”, basado en Juan 3:16:
“Pues Dios amó tanto al mundo que dio a su Hijo único, para que todo aquel que cree en él no muera, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16).
Mi corazón y el de mis compañeros rebosaban de gratitud. Dios obró de una manera maravillosa y muchas personas respondieron al llamado de recibir a Jesús como Salvador de sus vidas.
Cada vez que nos reuníamos para salir de la finca rumbo a una nueva gira, repetíamos estas promesas:
“Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti” (Isaías 43:2).
“Porque los ojos de Jehová contemplan toda la tierra, para mostrar su poder a favor de los que tienen corazón perfecto para con él” (2 Crónicas 16:9).
“Jehová vuestro Dios, el cual va delante de vosotros; él peleará por vosotros, conforme a todas las cosas que hizo por vosotros en Egipto delante de vuestros ojos” (Deuteronomio 1:30).
Una noche bajo la protección de Dios
Nos aferrábamos a esas promesas porque sabíamos que los lugares que visitábamos podían ser peligrosos. En una población a la que llegábamos por segunda vez, la situación se tornó especialmente difícil. El profesor que nos había prestado el colegio para la reunión anterior nos explicó que le habían prohibido volver a facilitarnos el auditorio. Aun así, añadió con valentía:
“Estoy tan emocionado y agradecido por las enseñanzas recibidas que no me da temor prestarles nuevamente el lugar. Mi deseo es que muchas personas reciban a Jesús en su vida”.
El hermano Pérez siempre llevaba una planta eléctrica, pues en esas poblaciones no había servicio de energía. Cuando terminamos la conferencia, recogimos los pocos equipos que llevábamos y apagamos la planta. El lugar quedó sumido en una oscuridad total. No pudimos evitar sentir temor, pero oramos y pedimos al Señor que nos protegiera.
Una de las personas que había asistido nos recomendó no salir del pueblo esa noche. Fuimos entonces a un albergue cercano y le pedimos hospedaje a la dueña. Su respuesta nos inquietó aún más:
“Están más seguros yéndose que quedándose”.
Aquella noche, el Señor obró un milagro inolvidable. Al salir de la reunión y quedar en medio de la oscuridad, unos dieciséis hombres armados nos rodearon. Subimos al campero, recordamos las promesas y oramos con fe:
“Señor, estamos aquí cumpliendo la misión. Ponemos nuestras vidas en tus manos; decide tú qué pasará con nosotros esta noche”.
El pueblo tenía una sola calle, de casi un kilómetro. Le pedimos a nuestro joven conductor que avanzara despacio. Los hombres se ubicaron a ambos lados del campero y caminaron junto a nosotros mientras recorríamos la calle. Antes de partir le habíamos dado una instrucción precisa: al llegar a la última casa del pueblo, debía acelerar a toda velocidad.
Así lo hizo. Logramos salir del lugar y el Señor cumplió, una vez más, su promesa de protección.
La misión también exigía sacrificio físico. Después de predicar, regresábamos a la finca para descansar. Casi siempre llegábamos entre las tres y las cuatro de la madrugada; dormíamos apenas tres horas y luego partíamos hacia otra comunidad.
La fe de los pioneros
Hoy la vida es diferente. Estamos rodeados de comodidades y ventajas que hacen más llevadera la labor ministerial, especialmente en las ciudades. Sin embargo, en medio de tantas facilidades, vale la pena detenernos y preguntarnos: ¿dónde está la fe de los pioneros? ¿Dónde están la abnegación, el sacrificio, la dedicación y la entrega?
Cuando miro hacia atrás, solo puedo ver la mano prodigiosa de un Dios que honra la fidelidad. Mi corazón rebosa de gratitud y le pido que continúe dándome fuerzas para servirle hasta el día de su venida o hasta el momento en que él decida llevarme al descanso.
Tengo la certeza de que me dará la corona de la vida que ha prometido. Y esa promesa no es solamente para mí, sino también para todos los que aman a Dios y se entregan por entero a su obra.