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Estilo de Vida

Si me amáis, guardad mis mandamientos

Edgar Alberto Sanchez Gonzalez
Edgar Alberto Sanchez Gonzalez
Oct 02, 2026 · 4 min de lectura
Si me amáis, guardad mis mandamientos
Nací en el seno de un hogar protestante, como he compartido en otras ocasiones. A lo largo de mi vida me enseñaron a admirar y seguir el ejemplo de figuras como Jan Hus, John Knox, Martín Lutero, John Wycliffe y los valdenses: verdaderos héroes de la fe que no estimaron su propia vida con tal de defender sus convicciones.

Sin embargo, con el paso de los años también me he encontrado con personas profundamente anticristianas, que aborrecen la fe. Aquellas experiencias me llevaron, desde hace mucho tiempo, a preguntarme por qué existen en el mundo sentimientos de aversión tan arraigados.

Cuando uno se pone en el lugar del otro, comienza a comprender sus motivos. Con esto no pretendo justificar el odio, pues sigo a Jesús, quien nos enseñó a amar incluso a nuestros enemigos. Pero, aunque permanezco firme en mi fe en Dios y en su Palabra, no puedo cerrar los ojos ante una dolorosa realidad: muchas actitudes dentro del cristianismo distan de estar bien. Nos decimos seguidores de Cristo, pero nuestras acciones a menudo contradicen abiertamente el mensaje que profesamos.

Basta con revisar algunos pasajes de la historia. Al cumplirse veinticinco años de los atentados al World Trade Center, los medios difundieron numerosos reportajes y documentales. En uno de ellos, un sobreviviente planteaba una interrogante punzante: ¿por qué un grupo de hombres provenientes de tierras tan distantes tomó la decisión de perpetrar semejante ataque? Su respuesta fue elocuente: «No hemos sido buenos vecinos». 

Esto no disculpa en modo alguno tal atrocidad. No obstante, el legado occidental y cristiano en Medio Oriente está lejos de ser grato. Durante la Edad Media, bajo el estandarte de la cruz, ejércitos avanzaron hacia Tierra Santa perpetrando actos de extrema barbarie. Siglos más tarde, imperios coloniales europeos saquearon y sometieron a esas poblaciones. Más recientemente, nuevas invasiones en nombre de la libertad dejaron al descubierto intereses geopolíticos y el afán por el control de los recursos petroleros. Para quien contempla este pasado desde el mundo árabe o persa, sobran las razones históricas para desconfiar. Nuestro testimonio en esas latitudes no ha sido el de seguidores de Jesús sino todo lo contrario, como hijos del Diablo.

Otro testimonio revelador es el atribuido a Mahatma Gandhi, quien afirmaba admirar al Jesús de los Evangelios, más no a muchos de quienes decían ser sus discípulos. Comprendía bien el dolor de su pueblo: la colonización británica en la India y el imperialismo en Asia estuvieron acompañados de abusos despiadados. Tampoco es casual el recelo histórico en China, donde potencias occidentales forzaron la apertura comercial mediante las Guerras del Opio, degradando a la población y administrando enclaves estratégicos como Macao, Hong Kong o Shanghái. Aquellos hombres que los domingos religiosamente se congregaban en sus iglesias, el resto de la semana ejercían una opresión implacable sobre tierras lejanas, eran narcotraficantes y esclavistas que no mostraban la más mínima consideración por sus prójimos.

Ante este contraste, cobran total vigencia las palabras del apóstol Juan:

«Si alguno dice: “Yo amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» (1 Juan 4:20).

Hoy abundan personajes que dicen defender a Dios, pero con su conducta profanan su nombre y ultrajan a sus prójimos. Olvidan la enseñanza central del Maestro en el Sermón del Monte: amar aun a quien nos persiguen y hacer bien sin distinción, reflejando el carácter del Padre celestial.

El propio Señor nos dejó el mayor ejemplo. Clavado en el madero, ultrajado, despojado de sus ropas y sometido a la mayor humillación, no respondió con maldiciones; su clamor fue de misericordia:

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34). 

Estimado lector: si decimos llamarnos discípulos de Cristo, nuestra conducta debe honrar lo que proclamamos. Estamos llamados a ser hacedores de su Palabra y no meros oidores. Hoy más que nunca, el mundo no necesita guerreros intransigentes, sino creyentes que amen como Dios ama:

«Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mateo 5:9).
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