Eres feliz cuando descubres el encanto de las cosas pequeñas, porque muchas veces es allí donde se revela la verdadera grandeza. Eres feliz cuando aprendes a vivir el presente con gratitud, sin quedar atrapado en el pasado ni permitir que la preocupación por el mañana apague la bendición de hoy.
Eres dichoso cuando cultivas la misericordia, la paz y la pureza de corazón; cuando tienes hambre y sed de justicia y procuras vivir con bondad, humildad y sinceridad. La felicidad adquiere un sentido más profundo cuando caminamos en la verdad, cerca de Dios y al servicio de los demás.
He aprendido que la felicidad no consiste en dominar, acumular o buscar reconocimiento. La verdadera alegría nace cuando compartimos lo que hemos recibido, cuando servimos con amor y cuando permitimos que la Palabra de Dios se convierta en vida para quienes nos rodean. Servir a Cristo y servir a los demás llena el corazón de una satisfacción que las circunstancias no pueden quitar.
Eres dichoso cuando cultivas la misericordia, la paz y la pureza de corazón; cuando tienes hambre y sed de justicia y procuras vivir con bondad, humildad y sinceridad. La felicidad adquiere un sentido más profundo cuando caminamos en la verdad, cerca de Dios y al servicio de los demás.
He aprendido que la felicidad no consiste en dominar, acumular o buscar reconocimiento. La verdadera alegría nace cuando compartimos lo que hemos recibido, cuando servimos con amor y cuando permitimos que la Palabra de Dios se convierta en vida para quienes nos rodean. Servir a Cristo y servir a los demás llena el corazón de una satisfacción que las circunstancias no pueden quitar.
Lugares difíciles, satisfacción plena
No era fácil trabajar en aquellas zonas. Se necesitaban entrega, sacrificio, amor y una profunda confianza en Dios. Era un territorio donde, según recuerdo, muchas personas enfermaban gravemente como consecuencia de la fiebre amarilla, transmitida por la picadura de los mosquitos o zancudos que abundaban en toda la región.
Durante las conferencias nocturnas, dos o tres hermanos debían permanecer cerca de mí espantando los mosquitos mientras predicaba. Cada vez que alguien era sacado de la región en estado delicado, inevitablemente pensaba: “Yo podría ser el próximo”. Sin embargo, el deseo de compartir el mensaje de salvación era mayor que el temor.
En una de aquellas giras misioneras no pudimos llegar a nuestro destino porque el río estaba demasiado crecido. Tuvimos que pasar la noche en un lugar solitario, rodeados de mosquitos. Siempre llevábamos mosquiteros en nuestro equipaje, así que improvisamos un espacio para descansar sobre el suelo frío y rústico.
Éramos cuatro y nos acomodamos de a dos. Mientras dormíamos, el joven con quien compartía el lugar levantó accidentalmente el mosquitero. En pocos instantes entraron mosquitos por todas partes. Cuando desperté, parecía que dentro del mosquitero hubiera una nube. Intentaba sacarlos, pero mientras más espantaba, más aparecían.
Al amanecer miramos nuestros cuerpos y era difícil encontrar un lugar sin picaduras. Yo calculaba que había recibido miles. En ese momento recordé a quienes había visto enfermar y morir, y pensé que quizá correría la misma suerte. Humanamente había razones para sentir miedo; espiritualmente, era una nueva oportunidad para confiar en Dios.
Durante las conferencias nocturnas, dos o tres hermanos debían permanecer cerca de mí espantando los mosquitos mientras predicaba. Cada vez que alguien era sacado de la región en estado delicado, inevitablemente pensaba: “Yo podría ser el próximo”. Sin embargo, el deseo de compartir el mensaje de salvación era mayor que el temor.
En una de aquellas giras misioneras no pudimos llegar a nuestro destino porque el río estaba demasiado crecido. Tuvimos que pasar la noche en un lugar solitario, rodeados de mosquitos. Siempre llevábamos mosquiteros en nuestro equipaje, así que improvisamos un espacio para descansar sobre el suelo frío y rústico.
Éramos cuatro y nos acomodamos de a dos. Mientras dormíamos, el joven con quien compartía el lugar levantó accidentalmente el mosquitero. En pocos instantes entraron mosquitos por todas partes. Cuando desperté, parecía que dentro del mosquitero hubiera una nube. Intentaba sacarlos, pero mientras más espantaba, más aparecían.
Al amanecer miramos nuestros cuerpos y era difícil encontrar un lugar sin picaduras. Yo calculaba que había recibido miles. En ese momento recordé a quienes había visto enfermar y morir, y pensé que quizá correría la misma suerte. Humanamente había razones para sentir miedo; espiritualmente, era una nueva oportunidad para confiar en Dios.
El cuidado de Dios nunca falla
Dios fue misericordioso conmigo durante todo el tiempo que trabajé en aquellos territorios difíciles. A pesar de las condiciones, nunca padecí una fiebre que me impidiera continuar la misión o que pusiera mi vida en grave peligro. Cada amanecer se convirtió para mí en un regalo y en una nueva oportunidad de servir.
Por eso, al comenzar cada día, mi oración era sencilla: “Señor, ayúdame a vivir este día como si fuera el último. Permíteme servirte con amor, con entrega, con sacrificio y con alegría”. Aquella oración me recordaba que nuestra seguridad no depende de que desaparezcan todos los peligros, sino de saber en quién hemos depositado nuestra confianza.
En momentos así, las promesas de Dios cobran un significado especial. Dejan de ser solamente palabras conocidas y se convierten en un verdadero sostén para el corazón. Día tras día repetía con fe estas promesas:
“Jehová el señor es mi fortaleza, el cual hace mis pies como de siervas, y en mis alturas me hace andar.”
(Habacuc 3:19)
“Porque Jehová será tu confianza, y él preservará tu pie de quedar preso.”
(Proverbios 3:16)
“En quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en Él.”
(Efesios 3:12)
Por eso, al comenzar cada día, mi oración era sencilla: “Señor, ayúdame a vivir este día como si fuera el último. Permíteme servirte con amor, con entrega, con sacrificio y con alegría”. Aquella oración me recordaba que nuestra seguridad no depende de que desaparezcan todos los peligros, sino de saber en quién hemos depositado nuestra confianza.
En momentos así, las promesas de Dios cobran un significado especial. Dejan de ser solamente palabras conocidas y se convierten en un verdadero sostén para el corazón. Día tras día repetía con fe estas promesas:
“Jehová el señor es mi fortaleza, el cual hace mis pies como de siervas, y en mis alturas me hace andar.”
(Habacuc 3:19)
“Porque Jehová será tu confianza, y él preservará tu pie de quedar preso.”
(Proverbios 3:16)
“En quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en Él.”
(Efesios 3:12)
Servir a cristo con lo mejor de nosotros
Por la gracia de Dios, todos podemos procurar dar lo mejor de nosotros, aun cuando las circunstancias sean difíciles. No se trata de confiar únicamente en nuestras fuerzas, sino de reconocer lo que somos, valorar los dones recibidos y ponerlos al servicio de Cristo y de los demás.
- Reconoce lo que eres y lo que, por la gracia de Jesús, puedes llegar a hacer.
- Usa tus dones con dedicación y constancia. Los talentos crecen cuando los ponemos al servicio de una causa que vale la pena.
- Sirve con generosidad y amor, sin esperar reconocimiento.
- Recuerda que vivir también es servir: cada acto de bondad puede convertirse en una oportunidad para reflejar el amor de Cristo.
- Busca vivir en armonía con Dios y con los demás, confiando en que Él puede sostenerte incluso en los días más difíciles.
Una felicidad que permanece
Mirando hacia atrás, comprendo que muchas de las experiencias que en su momento parecían duras o peligrosas terminaron enseñándome algo esencial: la alegría más profunda no nace de una vida sin dificultades, sino de saber que Cristo camina con nosotros en medio de ellas.
Cuando servimos por amor, cuando confiamos en las promesas de Dios y cuando ponemos nuestros talentos en sus manos, aun los caminos difíciles pueden llenarse de propósito. Esa es una felicidad que no depende de la comodidad ni de las circunstancias: es la paz de saber que nuestra vida está en las manos de Jesús y que, con Él, siempre hay esperanza.
Cuando servimos por amor, cuando confiamos en las promesas de Dios y cuando ponemos nuestros talentos en sus manos, aun los caminos difíciles pueden llenarse de propósito. Esa es una felicidad que no depende de la comodidad ni de las circunstancias: es la paz de saber que nuestra vida está en las manos de Jesús y que, con Él, siempre hay esperanza.