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Crecimiento Personal

Señales en el camino

Nelson Gamboa
Nelson Gamboa
Aug 07, 2026 · 5 min de lectura
Señales en el camino
Aquel día nos levantamos con el corazón dispuesto a servir. El alba era maravillosa: parecía anunciar el nacimiento de una nueva esperanza. Mientras el sol se abría paso entre las montañas, comprendimos que Dios nos concedía una oportunidad más para testificar del amor de Jesús en aquellas poblaciones del departamento de Bolívar.

Aunque estábamos agotados por el arduo trabajo y las pocas horas de sueño, el deseo de llevar el evangelio a aquellos lugares inhóspitos era más fuerte que el cansancio. Hicimos nuestras las palabras de la Escritura:

«¡Cuán hermosos son sobre los montes los pies del que trae alegres nuevas, del que anuncia la paz, del que trae nuevas del bien, del que publica salvación, del que dice a Sion: “¡Tu Dios reina!”!» (Isaías 52:7).

Animados por esta promesa, emprendimos el camino hacia el lugar donde celebraríamos una nueva conferencia. Llegamos temprano y recorrimos las casas una por una. En cada hogar entregábamos una revista El Centinela e invitábamos a las familias a participar en el programa.

La reunión se realizó en la plaza principal. Aquella noche, al contemplar la gran asistencia, sentí que Dios renovaba mis fuerzas y guiaba cada palabra. Al finalizar, hice el llamado y muchas personas pasaron al frente para aceptar a Jesús como su Salvador personal. Me conmovía escucharlas preguntar: «¿Cuándo volverán para seguir enseñándonos las maravillas de Jesús?».

Tras concluir la predicación, emprendimos el regreso a la finca de nuestro hermano Gabriel Pérez. Nos esperaba un recorrido de cinco o seis horas. Todo transcurría con normalidad hasta que comenzó a llover torrencialmente. La visibilidad era casi nula y la estrecha carretera se hacía cada vez más difícil.

Al llegar a un puente de madera, tuvimos que tomar una decisión: cruzarlo o intentar pasar por un costado. Temíamos que la estructura no soportara el peso del campero, así que decidimos bordearlo. Antes de avanzar, oramos al Señor y le pedimos que nos guiara, que nos permitiera pasar sin inconvenientes y llegar a la finca para descansar un poco y cumplir la cita del día siguiente.

Entonces leímos esta promesa:

«No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia» (Isaías 41:10).

Al principio avanzábamos bien, pero de repente el agua comenzó a entrar en el campero. Comprendimos que debíamos salir antes de que alcanzara el techo y nos impidiera escapar. En pocos instantes, el vehículo quedó casi cubierto por la corriente.

En la orilla de aquel pequeño río crecido, sin saber qué hacer, clamamos nuevamente al Señor: «Estamos realizando tu obra y no podemos quedarnos aquí. Ayúdanos, por favor».

Comenzamos a empujar el campero hacia el otro lado. Mientras luchábamos contra la fuerza del agua, pedíamos a Dios que nos diera fortaleza. La corriente llegaba casi hasta el techo cuando vimos algo flotando dentro del vehículo: era la Biblia en la que habíamos leído la promesa. Para nuestra sorpresa, ni una sola de sus páginas se había mojado.

Aquel detalle llenó nuestros corazones de esperanza. Era como si Dios nos recordara: «Estoy con ustedes». Después de un gran esfuerzo, logramos sacar el campero al otro lado. Entonces oramos para que encendiera y pudiéramos continuar. Quienes conocen de vehículos saben que, cuando la distribución se moja o el agua entra al motor, es muy difícil que vuelva a funcionar.

Sin embargo, por la gracia de Dios, el campero encendió. Continuamos nuestro camino y, seis horas después, llegamos a la finca cuando comenzaba a amanecer. Descansamos apenas dos horas, desayunamos y nos preparamos para salir nuevamente.

Antes de partir, le pedí al hermano Pérez que revisara el aceite del motor. Al hacerlo, descubrió que allí solo había agua. Humanamente era difícil comprender cómo el vehículo había recorrido seis horas sin que el motor se fundiera. Providencialmente, el hermano tenía lo necesario para hacer el cambio y pudimos continuar.

Antes de emprender la siguiente jornada, leímos con fe y alegría:

«Bueno es esperar en silencio la salvación de Jehová» (Lamentaciones 3:26).

Aquella experiencia quedó grabada en nuestra memoria como una señal en el camino. Aprendimos que Dios permanece fiel y cumple sus promesas. Cuando nos entregamos por completo al servicio de su causa, no caminamos solos: su presencia nos sostiene, sus ángeles están listos para socorrernos y nuestra esperanza en Cristo Jesús nos impulsa a seguir adelante aun en medio de la adversidad.

Tú también puedes experimentar su fidelidad. Confía en Él, aférrate a sus promesas y sírvele con todo tu corazón. En Cristo Jesús siempre hay esperanza, aun cuando el camino parezca imposible.
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