Ser fiel es una cualidad imperativa. Truman y Eisenhower tenían cuentas pendientes: pasaron de ser aliados a convertirse en adversarios personales. Pese al deseo del primero de que el general se uniera a las filas demócratas, Eisenhower terminó postulándose por los republicanos y, en busca de la victoria, atacó su legado bajo el lema «Corea, comunismo y corrupción». Truman se sintió profundamente traicionado. La letra del himno: «Hermano, sé fiel, permanece leal», resuena entonces como una redundante inspiración.
Truman fue leal hasta las últimas consecuencias con sus amigos. El 20 de enero de 1953 invitó a Eisenhower a tomar café en la Casa Blanca; sin embargo, durante diez años no volvieron a dirigirse la palabra, en buena parte porque el general Marshall fue vilipendiado por el senador Joseph McCarthy, quien lo acusó de ser afín al comunismo sin que su antiguo protegido saliera en su defensa. La deslealtad es cruel, demencial, popular, ampliamente tolerada y síntoma evidente de cobardía.
En la política suele darse el abandono sistemático de quienes saltan de bando y denigran de sus antiguos aliados solo para congraciarse con los nuevos. Eisenhower fue un hombre valioso y valiente, pero dejó desamparado a Marshall. Hay que tener entereza para convivir con la propia conciencia, ¡pero así solemos actuar todos! Nos escudamos en que nada puede hacerse por el bien común, dejamos atrás lo que no vemos por el retrovisor y nos apartamos de quienes nos descubrieron. Siendo la misma persona, apenas alcanzamos cierta relevancia, damos la espalda a un amigo por mera conveniencia, tratándolo como a un elemento radiactivo; nos alejamos de él y lo rematamos en una subasta al mejor postor o a quien ofrezca más. Eso delata una falta total de carácter, de personalidad y de ética. Justificamos el puñal mientras este se clava, cerramos los ojos y esperamos que otros hagan el trabajo sucio. La lealtad es cara, incómoda, estorbosa, ingrata; es compleja y difícil de explicar.
La época en que los Estados Unidos vivieron bajo la amenaza del «Terror rojo» fue un trance colectivo de histeria y paranoia contra la supuesta infiltración del comunismo, el socialismo y el anarquismo, aludiendo al color de la bandera soviética y del movimiento obrero internacional. Infinidad de personas inocentes perdieron su empleo y su prestigio; se quebraron relaciones y se rompieron vínculos al verse bajo investigación. Alger Hiss enfrentó acusaciones de espionaje y padeció una verdadera muerte social y profesional.
La dificultad con la lealtad radica en que nunca profesamos una sola: somos leales a los amigos y, al mismo tiempo, a la familia y al deber laboral. Dean Acheson, en cambio, demostró una lealtad inquebrantable hacia su amigo Harry Truman, quien, mirándolo fijamente, le advirtió alguna vez: «Que te disparen siempre de frente, nunca por la espalda». La vida es dura y la lealtad, exigente.
La deslealtad es un instrumento para infligir daño. ¡Es cierto! ¿Y qué con eso? Por esa misma razón resulta difícil gobernar lo que hacemos, lo que decimos y cómo actuamos. Tenemos una deuda moral con quienes nos tendieron la mano y nos formaron; no obstante, el nefasto ejemplo de Pilato lavándose las manos lo imita una inmensa mayoría mientras los demás se repliegan. Debemos acercarnos, no claudicar ante nuestros compromisos: la lealtad es algo que se entrega, no una dádiva que se exige a cambio, y la ejercemos sencillamente porque es lo correcto.
Ahí quedan las traiciones emblemáticas de la historia: Judas Iscariote entregando a Jesús; Marco Junio Bruto contra Julio César; la Malinche sirviendo a Hernán Cortés frente a los pueblos originarios. Y no olvides que tú mismo te has traicionado antes: ¿qué podrán esperar, entonces, los que te conocen? Si bien el camaleón se adapta a las circunstancias por mero instinto, y en la naturaleza no caben juicios morales —aunque sí fábulas como símbolos de felonía—, la hiena aparenta sonreír, pero no deja de ser un animal carroñero. Ante ello, ¿cuál es la defensa táctica: la ruana que cobija del frío o el cuchillo que se lleva escondido? No saquemos ventaja del prójimo. David y Jonatán pactaron una amistad entrañable; David lloró amargamente la muerte de Jonatán y lo honró como a un héroe. Recuerda que, a pesar de todo, alguien irá a nuestro funeral, aun si nosotros jamás fuimos al hospital a visitar a aquel de quien tanto hablamos mal.
Truman fue leal hasta las últimas consecuencias con sus amigos. El 20 de enero de 1953 invitó a Eisenhower a tomar café en la Casa Blanca; sin embargo, durante diez años no volvieron a dirigirse la palabra, en buena parte porque el general Marshall fue vilipendiado por el senador Joseph McCarthy, quien lo acusó de ser afín al comunismo sin que su antiguo protegido saliera en su defensa. La deslealtad es cruel, demencial, popular, ampliamente tolerada y síntoma evidente de cobardía.
En la política suele darse el abandono sistemático de quienes saltan de bando y denigran de sus antiguos aliados solo para congraciarse con los nuevos. Eisenhower fue un hombre valioso y valiente, pero dejó desamparado a Marshall. Hay que tener entereza para convivir con la propia conciencia, ¡pero así solemos actuar todos! Nos escudamos en que nada puede hacerse por el bien común, dejamos atrás lo que no vemos por el retrovisor y nos apartamos de quienes nos descubrieron. Siendo la misma persona, apenas alcanzamos cierta relevancia, damos la espalda a un amigo por mera conveniencia, tratándolo como a un elemento radiactivo; nos alejamos de él y lo rematamos en una subasta al mejor postor o a quien ofrezca más. Eso delata una falta total de carácter, de personalidad y de ética. Justificamos el puñal mientras este se clava, cerramos los ojos y esperamos que otros hagan el trabajo sucio. La lealtad es cara, incómoda, estorbosa, ingrata; es compleja y difícil de explicar.
La época en que los Estados Unidos vivieron bajo la amenaza del «Terror rojo» fue un trance colectivo de histeria y paranoia contra la supuesta infiltración del comunismo, el socialismo y el anarquismo, aludiendo al color de la bandera soviética y del movimiento obrero internacional. Infinidad de personas inocentes perdieron su empleo y su prestigio; se quebraron relaciones y se rompieron vínculos al verse bajo investigación. Alger Hiss enfrentó acusaciones de espionaje y padeció una verdadera muerte social y profesional.
La dificultad con la lealtad radica en que nunca profesamos una sola: somos leales a los amigos y, al mismo tiempo, a la familia y al deber laboral. Dean Acheson, en cambio, demostró una lealtad inquebrantable hacia su amigo Harry Truman, quien, mirándolo fijamente, le advirtió alguna vez: «Que te disparen siempre de frente, nunca por la espalda». La vida es dura y la lealtad, exigente.
La deslealtad es un instrumento para infligir daño. ¡Es cierto! ¿Y qué con eso? Por esa misma razón resulta difícil gobernar lo que hacemos, lo que decimos y cómo actuamos. Tenemos una deuda moral con quienes nos tendieron la mano y nos formaron; no obstante, el nefasto ejemplo de Pilato lavándose las manos lo imita una inmensa mayoría mientras los demás se repliegan. Debemos acercarnos, no claudicar ante nuestros compromisos: la lealtad es algo que se entrega, no una dádiva que se exige a cambio, y la ejercemos sencillamente porque es lo correcto.
Ahí quedan las traiciones emblemáticas de la historia: Judas Iscariote entregando a Jesús; Marco Junio Bruto contra Julio César; la Malinche sirviendo a Hernán Cortés frente a los pueblos originarios. Y no olvides que tú mismo te has traicionado antes: ¿qué podrán esperar, entonces, los que te conocen? Si bien el camaleón se adapta a las circunstancias por mero instinto, y en la naturaleza no caben juicios morales —aunque sí fábulas como símbolos de felonía—, la hiena aparenta sonreír, pero no deja de ser un animal carroñero. Ante ello, ¿cuál es la defensa táctica: la ruana que cobija del frío o el cuchillo que se lleva escondido? No saquemos ventaja del prójimo. David y Jonatán pactaron una amistad entrañable; David lloró amargamente la muerte de Jonatán y lo honró como a un héroe. Recuerda que, a pesar de todo, alguien irá a nuestro funeral, aun si nosotros jamás fuimos al hospital a visitar a aquel de quien tanto hablamos mal.