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Estilo de Vida

No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno

Jaime Joseph
Jaime Joseph
Aug 21, 2026 · 3 min de lectura
No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno
Walter Percy era un estudiante de notas mediocres que esperaba de su tío William Alexander, miembro de una familia de gran éxito académico, algún consejo que lo animara. Su tío le enseñó algo que no olvidaría: las notas no son lo más importante; el verdadero éxito está en el carácter.

Marco Aurelio tenía talento, inteligencia, recursos y poder. Pudo dedicar su vida a conquistar, enriquecerse o hacerse famoso; sin embargo, en sus Meditaciones se recordaba constantemente que debía hacer el bien, ser justo, amable, honesto y fiel.

Vivimos en un mundo que admira al más inteligente, al profesional más destacado, al empresario exitoso o al que rompe récords. Pero tener talento no convierte automáticamente a una persona en buena. Podemos alcanzar grandes cosas y, al mismo tiempo, fracasar en nuestro carácter.

Por eso, nuestra verdadera competencia no debería ser quién llega más alto, sino quién vive con mayor bondad, justicia y honradez: ayudar al necesitado, perdonar, evitar las contiendas, cumplir el deber y hacer lo correcto aunque nadie nos aplauda.

Ser grande puede impresionar a las personas; ser bueno revela quién realmente eres.

Aforismo


“Es más fácil ser un gran hombre que ser un buen hombre.”

La historia está llena de personas consideradas grandes: Acab, Roboam, Herodes, Pilato, Balaam, Ahitofel, Nabucodonosor, Manasés, César Augusto y Napoleón Bonaparte. Algunos tuvieron poder, influencia y dejaron huella; pero grandeza no siempre significó bondad.

Hoy sucede lo mismo. El mundo se llena de hombres y mujeres famosos e importantes, mientras escasean quienes están dispuestos a ser buenos sin buscar reconocimiento. Las redes sociales y los medios destacan al que llega al pedestal, pero pocas veces preguntan qué clase de persona tuvo que ser para llegar allí.

Jesús utilizó otro criterio. Destacó a Juan el Bautista, a la mujer sirofenicia, al centurión romano, a la viuda pobre y a Natanael. Personas cuya grandeza no dependía de títulos, dinero o fama, sino de fe, humildad, sinceridad y carácter.

Por eso la pregunta no es solamente: ¿qué quieres llegar a ser? El mejor médico, abogado, profesor, evangelista, presidente o comerciante puede recibir reconocimiento. La pregunta más profunda es:

¿Qué quieres que Jesús destaque de ti: lo que hiciste o lo que eres?

No basta con llevar el título de “bueno”; necesitamos poseer su esencia. El joven rico llamó a Jesús “Maestro bueno”, pero las palabras por sí solas no demostraban el carácter.

Aspira a ser excelente, pero nunca sacrifiques la bondad para alcanzar la grandeza. Porque delante de Dios, el carácter vale más que el pedestal.

“Si sabes de alguien que es bueno, no se lo digas; habla de él en silencio.”

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