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Estilo de Vida

Milagro en medio de la tormenta

Nelson Gamboa
Nelson Gamboa
Aug 14, 2026 · 7 min de lectura
Milagro en medio de la tormenta
En cierta ocasión, Martin Luther King habló acerca del amor al trabajo y expresó estas palabras:

“Si un hombre es llamado para ser barrendero de calles, debería barrerlas con todo su entusiasmo, así como Miguel Ángel pintaba, Beethoven componía música o Shakespeare escribía sus obras. Él debería barrer las calles tan bien que todos los seres del cielo y de la tierra se detuvieran a decir: ‘Aquí está un barrendero que hizo bien su trabajo’.”

Hacer bien el trabajo en la viña del Señor


¿Cómo llegar a amar el trabajo de esa manera? Muchas veces me hice esa pregunta. No es fácil, pero tampoco es imposible. Ante todo, debemos amar a Jesús, nuestro Señor, y permitir que su amor transforme nuestra vida. Cuando Cristo ocupa el primer lugar, aprendemos también a valorarnos, a amar a los demás, a servir con alegría y a entregar lo mejor de nosotros en la obra que Él nos ha confiado. Entonces, aun en medio del cansancio y de las dificultades, encontramos fuerzas para seguir adelante con gozo y esperanza.

Una noche tenebrosa


En una ocasión les pedí a Andrés, Juan y Antonio, tres jóvenes de la iglesia de Puerto Wilches, Santander, que me acompañaran a una población llamada El Pedregal para predicar el evangelio. El hermano Custodio puso a nuestra disposición su lancha, o motor canoa, y además nos dio recursos para el combustible y los gastos que pudiéramos tener durante el viaje.

Navegamos aproximadamente una hora por el río Magdalena y luego otra hora remontando el río Sogamoso. Los tres jóvenes sabían conducir muy bien este tipo de embarcaciones y podían reconocer las profundidades del río por el color de las aguas, incluso durante la noche. Mi propósito era que ellos aprendieran, por experiencia propia, lo que significaba abrir una obra nueva y llevar el mensaje de salvación a lugares donde aún no había sido predicado.

Al llegar, oramos para que el Señor abriera las puertas y preparara los corazones. Nos presentamos ante los líderes de la población, les entregamos revistas y les propusimos realizar un ciclo de conferencias. Para nuestra alegría, nos ofrecieron un salón comunal grande que todavía no había sido estrenado.
Esa misma tarde recorrimos las casas llevando literatura e invitando personalmente a las familias a la conferencia de las 7:00 p. m. Cuando llegó la hora, el salón comunal se llenó por completo. Al finalizar, los invitamos a continuar asistiendo durante toda la semana. Con entusiasmo nos dijeron que allí estarían y que también invitarían a sus familiares.

Cada tarde llegábamos temprano para visitar los hogares. Las puertas se abrían y las personas nos recibían con cariño y disposición. Podíamos sentir que Dios estaba obrando y preparando el terreno para que la semilla del evangelio encontrara corazones dispuestos.

La última noche fue especialmente hermosa. Varias personas nos decían: “¡Qué trabajo tan extraordinario han realizado ustedes en este lugar!”. Allí quedó sembrada la semilla del evangelio y, con el tiempo, produjo frutos para el reino de los cielos hasta llegar a organizarse una congregación. Los jóvenes que me acompañaban estaban maravillados. Habían comprendido la alegría de abrir una obra nueva y de ver a tantas personas aceptar a Jesús como su Salvador personal.

La tormenta


Esa noche, cuando nos disponíamos a regresar a casa, se desató una fuerte tormenta y el río creció considerablemente. Cuando la lluvia disminuyó, iniciamos el regreso. Le pedí a quien conducía que avanzara con mucha prudencia. Después de varios días de intenso trabajo y de dormir muy poco, el cansancio me vencía, así que me fui a la proa para descansar un poco.

Todo parecía transcurrir con normalidad hasta que desperté sobresaltado por los gritos de mis compañeros: “¡Vamos a naufragar! ¡Vamos a naufragar!”. Ellos conocían muy bien la fuerza de aquellas aguas y sabían lo peligrosas que podían llegar a ser, especialmente con el río crecido.

De repente, la motor canoa golpeó con violencia contra un enorme tronco. Por un instante pensamos que la embarcación se había partido en dos. Quedamos montados sobre aquel tronco, mientras la lancha se balanceaba de un lado a otro. En medio de la oscuridad, rodeados por la corriente y sin una salida evidente, comprendimos nuestra fragilidad. Humanamente, parecía que en cualquier momento la embarcación podía voltearse y dejarnos a la deriva.

Fue allí, en medio de aquella noche oscura y de una situación que escapaba por completo de nuestras manos, cuando volvimos nuestra confianza al Señor. No teníamos el control del río, de la tormenta ni de lo que sucedería en los minutos siguientes, pero sabíamos en quién habíamos puesto nuestra fe.
Esa noche el Señor obró un gran milagro ante nuestros ojos. Poco a poco, la lancha comenzó a liberarse del enorme tronco hasta volver nuevamente al cauce del río. Lo que minutos antes parecía conducirnos al naufragio terminó convirtiéndose en una experiencia inolvidable de la protección y la misericordia de Dios.

Jesús en medio de nuestras tormentas


Al llegar a casa, todavía impresionados por lo ocurrido, les pedí a mis compañeros que abrieran sus Biblias y leyéramos juntos Mateo 8:23-27. Allí encontramos a Jesús y a sus discípulos en medio de una gran tormenta. Mientras las olas golpeaban la barca y el temor se apoderaba de ellos, Jesús permanecía sereno. Cuando clamaron a Él, el Señor se levantó y calmó el viento y el mar.

Aquel relato bíblico adquirió para nosotros un significado especial esa noche. Comprendimos que la fe no consiste en vivir una vida sin tormentas, sino en saber que Cristo permanece con nosotros cuando llegan. Su presencia no siempre evita que atravesemos momentos difíciles, pero nos da la certeza de que nunca los enfrentamos solos.

Enseñanza


Al realizar la tarea de la evangelización podemos enfrentar cansancio, dificultades e incluso peligros. Sin embargo, esta experiencia me recordó que Dios continúa presente y que ninguna circunstancia está fuera de su conocimiento. Muchas veces nuestra primera reacción es el miedo, porque somos humanos y vemos únicamente lo que ocurre delante de nuestros ojos. Pero Jesús nos invita a mirar más allá de la tormenta y a confiar en Él.

La calma de Cristo en medio de la tempestad nos enseña que la verdadera paz no depende de que todo esté bajo nuestro control. La verdadera paz nace de saber que nuestra vida está en las manos de Aquel que tiene poder sobre el viento, sobre el mar y también sobre cada circunstancia que enfrentamos.

Aplicación Personal


Esta experiencia quedó grabada profundamente en mi corazón. Me enseñó que debemos confiar en Dios aun cuando las circunstancias parezcan incontrolables y cuando no logremos encontrar una salida con nuestras propias fuerzas.

Nuestra fe no depende de la ausencia de problemas, sino de la confianza que depositamos en Aquel que tiene el control. Las tormentas pueden llegar, el temor puede tocar a nuestra puerta y nuestras fuerzas pueden agotarse; pero Cristo sigue siendo nuestra esperanza.

Cuando el camino se oscurece y no sabemos qué ocurrirá después, podemos recordar que Jesús continúa en la barca. Él conoce nuestros temores, escucha nuestro clamor y permanece a nuestro lado. Por eso podemos seguir adelante con fe, confiando en que, cualquiera que sea la tormenta, nuestra esperanza está segura en Cristo Jesús.

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