Quienes están leyendo este semanario podrán percibir que quien escribe tiene una sincera preocupación por los acontecimientos que se vienen dando de un tiempo para acá. En particular, lo relacionado con el siniestro y peligroso matrimonio entre las iglesias «evangélicas» y la ultraderecha.
Más allá de mis convicciones políticas, esta preocupación surge del peligro que esta unión representa. La historia está llena de ejemplos del desastre que se ha producido y que le ha costado la vida a millones de personas a lo largo de los años.
Por citar ejemplos lejanos, tenemos las cruzadas: siniestras campañas religiosas que tuvieron como propósito, en la tierra de Palestina, eliminar a los «infieles musulmanes» que profanaban los santos lugares. O lo sucedido en tierras lombardas, en donde se persiguió hasta el exterminio a los valdenses por el atroz delito de leer sus biblias y tener su propia convicción de lo que, a la luz de las Escrituras, era para ellos la verdad.
O ejemplos más cercanos, como la persecución desatada en la Gran Bretaña de los siglos XVI y XVII, que llevó a miles de puritanos a emigrar al Nuevo Mundo; y cabe decir que la Gran Bretaña de aquel entonces no era católica, sino que se reconocía como «protestante»
En mi anterior publicación relaté cómo esa diabólica unión entre el Estado y la Iglesia le costó la vida a miles de creyentes en la Alemania nazi, ya que sus pares, los Adventistas del Séptimo Día, se adhirieron al NSDAP y colaboraron con la Gestapo y las SS para identificar a los adventistas de origen judío. Es bien sabido por todos lo que eso desencadenó: un genocidio.
Pero no es el único caso; también relaté cómo en Uganda el presidente de la Unión Ugandesa de los Adventistas del Séptimo Día lideró un grupo de asesinos para cazar a sus «enemigos» y darles muerte en el campus de la Universidad Adventista.
Ese matrimonio es perverso; es lo que el apóstol Juan llamó en Apocalipsis «la gran Ramera que hace beber al mundo el vino de su fornicación». Esto nos lleva al relato bíblico: cuando el obtuso y débil Acab, rey de Israel, decidió casarse con una sacerdotisa de Baal, la infame Jezabel.
Más allá de mis convicciones políticas, esta preocupación surge del peligro que esta unión representa. La historia está llena de ejemplos del desastre que se ha producido y que le ha costado la vida a millones de personas a lo largo de los años.
Por citar ejemplos lejanos, tenemos las cruzadas: siniestras campañas religiosas que tuvieron como propósito, en la tierra de Palestina, eliminar a los «infieles musulmanes» que profanaban los santos lugares. O lo sucedido en tierras lombardas, en donde se persiguió hasta el exterminio a los valdenses por el atroz delito de leer sus biblias y tener su propia convicción de lo que, a la luz de las Escrituras, era para ellos la verdad.
O ejemplos más cercanos, como la persecución desatada en la Gran Bretaña de los siglos XVI y XVII, que llevó a miles de puritanos a emigrar al Nuevo Mundo; y cabe decir que la Gran Bretaña de aquel entonces no era católica, sino que se reconocía como «protestante»
En mi anterior publicación relaté cómo esa diabólica unión entre el Estado y la Iglesia le costó la vida a miles de creyentes en la Alemania nazi, ya que sus pares, los Adventistas del Séptimo Día, se adhirieron al NSDAP y colaboraron con la Gestapo y las SS para identificar a los adventistas de origen judío. Es bien sabido por todos lo que eso desencadenó: un genocidio.
Pero no es el único caso; también relaté cómo en Uganda el presidente de la Unión Ugandesa de los Adventistas del Séptimo Día lideró un grupo de asesinos para cazar a sus «enemigos» y darles muerte en el campus de la Universidad Adventista.
Ese matrimonio es perverso; es lo que el apóstol Juan llamó en Apocalipsis «la gran Ramera que hace beber al mundo el vino de su fornicación». Esto nos lleva al relato bíblico: cuando el obtuso y débil Acab, rey de Israel, decidió casarse con una sacerdotisa de Baal, la infame Jezabel.
Vino entonces uno de los siete ángeles que tenían las siete copas, y habló conmigo diciéndome: Ven acá, y te mostraré la sentencia contra la gran ramera, la que está sentada sobre muchas aguas; con la cual han fornicado los reyes de la tierra, y los moradores de la tierra se han embriagado con el vino de su fornicación. Y me llevó en el Espíritu al desierto; y vi a una mujer sentada sobre una bestia escarlata llena de nombres de blasfemia, que tenía siete cabezas y diez cuernos. Y la mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, y adornada de oro, de piedras preciosas y de perlas, y tenía en la mano un cáliz de oro lleno de abominaciones y de la inmundicia de su fornicación; y en su frente un nombre escrito, un misterio: BABILONIA LA GRANDE, LA MADRE DE LAS RAMERAS Y DE LAS ABOMINACIONES DE LA TIERRA. Vi a la mujer ebria de la sangre de los santos, y de la sangre de los mártires de Jesús; y cuando la vi, quedé asombrado con gran asombro. - Apocalipsis 17:1-6 RV1960
Ese matrimonio fue la ruina del reino del norte. Llevó a la peor y más dramática decadencia —no solo religiosa, sino moral, ética y económica— que se halla registrada en los libros de los Reyes y de las Crónicas. Esta mujer influyó poderosamente sobre Acab y todo el reino de Israel.
Por su consejo se persiguió y asesinó a todos los profetas de Jehová. Por su consejo, el rey Acab se dedicó a expropiar, usurpar, robar y asesinar a todos los hombres que tuvieran posesiones que él deseara tener. Por su consejo, además, se construyeron por todo el país postes idolátricos y se instauró el culto a Baal como la religión oficial del reino de Israel.
Este insuceso debiera ser un ejemplo para nosotros hoy: NO HAY NINGUNA COMUNIÓN ENTRE LA LUZ Y LAS TINIEBLAS. No debemos seguir alimentando esa macabra amistad, porque terminaremos sucumbiendo ante la diabólica influencia de esta ramera.
No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? - 2 de Corintios 6:14 RV1960
Ya estamos viendo cómo nuestros líderes participan en política en nombre de la iglesia, creyendo servir a Dios, cuando en realidad están adulterando con la ramera que describe el libro del Apocalipsis.
Usted y yo tenemos el sagrado deber de estudiar nuestras biblias y fijar posiciones en un «escrito está». Se avecinan días turbulentos y azarosos. El enemigo anda como león rugiente buscando a quién devorar.
Usted puede elegir, tal como lo hizo Josué: «Yo y mi casa serviremos a Jehová».
Y si mal os parece servir a Jehová, escogeos hoy a quién sirváis; si a los dioses a quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra habitáis; pero yo y mi casa serviremos a Jehová - Josué 24:15 RV1960
Es tiempo de fijar posiciones. No podemos ser tibios.