En redes sociales abundan videos de personas adineradas que se disfrazan de indigentes para experimentar cómo reacciona la sociedad. Más de un siglo atrás, Beatrice Webb —una distinguida mujer británica educada en los mejores entornos y sin apremios económicos— hizo algo semejante: decidió hacerse pasar por obrera para conocer en carne propia la precariedad y las injusticias que las clases privilegiadas ignoraban por completo.
«No podemos arreglar lo que no estamos dispuestos a afrontar. No podemos detener lo que nos negamos a reconocer».
Años antes, Benjamin Disraeli advertía que parecían coexistir dos naciones incapaces de comprenderse mutuamente, divididas por abismos en sus costumbres, alimentación y condiciones de vida: los ricos y los pobres. A menudo se juzga con ligereza al necesitado, calificándolo de inculto o negligente, sin molestarse en conocer sus batallas. ¡Qué cruel resulta juzgar un sufrimiento que jamás se ha llevado a cuestas!
«Sé bien lo que es vivir en la pobreza, y también lo que es tener de todo. He aprendido a vivir en toda clase de circunstancias, ya sea que tenga mucho para comer, o que pase hambre; ya sea que tenga de todo o que no tenga nada». — Filipenses 4:12 (DHH)
Theodore Roosevelt quedó profundamente impactado cuando el periodista Jacob Riis expuso en su obra cómo vivía la otra mitad: niños desnutridos hacinados en una misma cama y familias enteras respirando deshechos y enfermedad. Frente a realidades semejantes, la única respuesta cristiana admisible es: «Aquí estoy; he venido a ayudar».
Sin embargo, ¿cuál es el panorama actual? Hoy vemos a niños buscando restos de comida en los contenedores, familias enteras sobreviviendo con un ingreso mínimo mientras pagan arriendo, trabajadores explotados y seres humanos marginados por su estrato social. En contraste, muchos nos sentamos a la mesa de un restaurante, ordenamos con exceso y dejamos que la abundancia termine en el basurero.
Solemos refugiarnos en una burbuja de indiferencia, esquivando deliberadamente aquello que nos incomoda. La desigualdad, el hambre y el dolor de millones de personas quedan sepultados bajo las apariencias. Nos cuesta experimentar verdadera empatía porque desconocemos la realidad del prójimo.
¡Es hora de despertar! No esperemos a que un noticiero, las redes sociales o una crónica lejana nos recuerden que hay dolor a nuestro alrededor. Acerquémonos a las personas, escuchemos sus historias y comprendamos sus cargas sin la prevención de pensar que todo acercamiento busca una dádiva. Hay verdaderos náufragos sociales librando una batalla diaria por un bocado de alimento.
El Maestro nos mostró un modelo diferente:
«Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor». — Mateo 9:36
Dice el adagio popular: «Estómago en ayuno no oye a ninguno». Y es verdad: una fe que no sacia el hambre resulta hueca e insípida.
- ¿De qué sirve predicarle al necesitado si no extendemos la mano para alimentarlo?
- ¿Qué dieta equilibrada puede prescribir el médico a quien carece de sustento básico?
- ¿Qué diseño estructural puede ofrecer el profesional a una familia hacinada en una sola habitación?
- ¿De qué sirve la retórica de la ley si el desamparado no halla justicia?
- ¿Y por qué el comercio impone tantas exigencias cuando el consumidor apenas reúne para una ración básica de bienestarina?
Nadie escoge la cuna donde nace. Unos llegan al mundo en cunas de abundancia; otros, en la intemperie o en salas de maternidad abarrotadas. No obstante, ante el Creador todos compartimos la misma dignidad intrínseca.
No basta con conmovernos ante la necesidad ajena; debemos permitir que el dolor de los demás nos transforme, ablande nuestro corazón y nos movilice a la acción.
El evangelio no se limita a discursos elocuentes: se hace tangible a través de la compasión activa, la defensa de la justicia y un pedazo de pan compartido.
Pr. Jaime Joseph