Confiar el trono y el poder absoluto a Antonino con la condición de que protegiera al joven Marco Aurelio fue una decisión arriesgada del emperador Adriano; sin embargo, en la vida diaria, un sencillo acto de bondad ofrecido con generosidad a un anciano necesitado también tiene el poder de transformar realidades y dejar una huella imperecedera.
«Sé amable, porque todos los que encuentres están librando una dura batalla». — Atribuido a Platón
La historia abunda en figuras brillantes, ilustres y exitosas; no obstante, la auténtica amabilidad es un bien escaso. Podemos transcurrir la existencia sobrellevando las inclemencias del tiempo y de la vida, pero, por encima de todo, esforcémonos por ser amables.
Seamos corteses con el forastero, con quienes colaboran bajo nuestra responsabilidad, con aquel que tropieza o comete una falta; tratemos con gracia a los clientes, a los dependientes y proveedores, e incluso a quien nos ha agraviado o mostrado antipatía. Ejerzamos la amabilidad pensando también en las generaciones venideras, en aquellos que todavía están por nacer.
«Que todo el mundo se dé cuenta de que ustedes son buenos y amables. El Señor Jesús viene pronto». — Filipenses 4:5 (NTV)
No olvidemos que la consideración es una virtud que jamás pierde vigencia. Nadie debería verse privado de un trato digno a causa de su origen, género o condición social. Tengamos siempre presente la regla de oro: tratemos a los demás tal como desearíamos ser tratados: con delicadeza, justicia y respeto.
Aun cuando el cansancio nos abrume, el trabajo nos apremie o llevemos a cuestas el dolor de una ofensa, elijamos siempre responder con templanza y compasión.
Durante los intensos bombardeos de la Segunda Guerra Mundial, Clementine Churchill escribió una carta a su esposo, Winston Churchill, advirtiéndole con franqueza que la aspereza de sus modales estaba afectando su liderazgo y que ya no mostraba la gentileza de otros tiempos. Aquella advertencia oportuna nos recuerda que ni el poder más alto ni las crisis más severas nos dispensan del deber de honrar y cuidar a nuestro prójimo.
La dureza y el enojo únicamente cosechan amargura y distanciamiento. Aunque nuestra intención sea proteger o guiar a otros —como pretendía con férrea disciplina el almirante Hyman Rickover—, esa responsabilidad nunca nos concede licencia para la aspereza ni el destrato.
Es indispensable vestirnos a diario de cortesía. Su coste es mínimo, mas ennoblece profundamente el alma. Gestos cotidianos como obsequiar una sonrisa sincera, realizar un trabajo con esmero, sostener una puerta, corresponder a un favor, compartir la mesa, asumir una cuenta ajena, brindar una palabra de aliento, tender la mano al menesteroso o regalar una flor son expresiones genuinas de benignidad.
Actuar así encarna el principio bíblico de «echar el pan sobre las aguas»: hacer el bien sin reservas ni cálculos egoístas, confiando en que toda semilla de amor dará fruto a su debido tiempo.
Todos hemos atravesado sinsabores, injusticias y tratos hostiles; todos hemos debido interactuar con temperamentos difíciles. Pese a ello, nuestro testimonio, sentido de responsabilidad y madurez en el Señor deben impulsarnos a ser modelo de benevolencia y serenidad.
Manifestar amabilidad constituye una de las mayores muestras de valentía y fe en medio de una sociedad insensible y cínica. Toda persona merece recibir atención y estima sin que pretendamos sacar partido de ella ni alberguemos intereses ocultos. La amabilidad no solo dignifica a quien la recibe, sino que ennoblece a quien la entrega; es, sencillamente, el camino correcto.
Con el paso de los años, tal vez nos aflija el recuerdo de momentos en que perdimos la paciencia con las personas que más amábamos o fuimos desabridos con quienes nos apreciaban. Con el transcurrir del tiempo, quizá queden en el olvido los argumentos y las ofensas pasadas, pero perdurará vívido en la memoria el modo en que tratamos a nuestros semejantes, aun a aquellos a quienes juzgábamos indignos de gracia.
Jamás es tarde para rectificar el rumbo. El afán desmedido, la prisa constante, la desconexión emocional y el temor a la vulnerabilidad han reducido en muchos casos la convivencia a una hostilidad salvaje. Si hasta en la naturaleza existen dinámicas de orden y amparo, cuánto más nosotros estamos llamados a vivir en armonía.
Recuperemos, pues, la empatía, la ternura y el respeto mutuo. Reflejemos bondad en nuestro hogar, en los lugares de trabajo, en el seno de la congregación y en el trato cotidiano en la calle.
La amabilidad no es sinónimo de fragilidad ni de debilidad: es templanza de carácter, autodominio y amor cristiano en acción.
Pr. J. Joseph