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Estilo de Vida

Jesús, nuestro modelo a seguir

Edgar Alberto Sanchez Gonzalez
Edgar Alberto Sanchez Gonzalez
Sep 18, 2026 · 4 min de lectura
Jesús, nuestro modelo a seguir
Hay un texto que marcó mi vida académica: «Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mateo 5:9 RV1960). Gracias a este texto me interesé por los DD. HH. Soy hijo de padres protestantes y adventista de cuarta generación; por las historias y relatos de mi padre y mi tío Jaime aprendí el valor de la libertad religiosa como un derecho fundamental que garantiza la democracia. En nuestra casa se guarda una Biblia Reina Valera 1909 que estuvo enterrada durante años en la época que en Colombia se conoce como «La Violencia».

De tal magnitud fue la crueldad del conflicto de esos días, que los historiadores la llaman «La Violencia» (1948-1958). Mi bisabuelo, Eudoro Beltrán, era el propietario de esa Biblia; era oriundo del municipio de Junín, Cundinamarca, pero a causa de la violencia posterior al fin de la Guerra de los Mil Días, fueron desplazados de sus tierras y tuvieron que cruzar el páramo de Sumapaz para asentarse en las montañas del municipio de Villarrica, Tolima.

Fue en este lugar donde conoció el mensaje adventista y fue bautizado. De ahí que mi bisabuelo tuviera entre sus posesiones una Biblia Reina Valera 1909. Tener esta Biblia fue todo un desafío. Por aquel entonces, quienes no eran católicos eran tildados de «comunistas» (1948-1958), por lo tanto eran objeto de toda clase de persecuciones. Mi bisabuelo tuvo que dormir entre los cafetales y potreros por muchos años, porque de vez en cuando los «chulavitas» del Carmen de Apicalá subían a la montaña a «cazar y matar liberales comunistas» bajo la consigna: «Viva Cristo Rey».

Mi bisabuelo solo era Adventista del Séptimo Día, y esto fue razón suficiente para ser objeto de la más feroz persecución. Nunca claudicó o negó su fe; protegió su Biblia su bien más preciado, y así es como esa Biblia subsiste hasta nuestros días.

Mi papá se crio con mi bisabuelo, así que heredó esa misma fe, tenacidad, determinación y fidelidad. Por esta razón, en nuestra familia reposa esta Biblia, que es testigo de todas las luchas que se han dado en nuestro país por la libertad de cultos. Nuestra familia sabe lo que ha costado gozar hoy de estas libertades.

Cuento esta historia porque quiero poner de manifiesto que hoy los oprimidos nos estamos convirtiendo en opresores. Para mi tristeza, no han valido todos estos años de violencia y la pérdida de millones de vidas inocentes: a pesar de toda esta historia de sangre, anhelamos más sangre.

Esto me recuerda el suceso registrado en Lucas 9:54, cuando los samaritanos les negaron la entrada a su ciudad a Jesús y sus discípulos:

«Viendo esto sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo, como hizo Elías, y los consuma?» (Lucas 9:54 RV1960)

La respuesta de nuestro Señor a sus discípulos fue elocuente:

«Entonces, volviéndose él, los reprendió, diciendo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido para perder las almas de los hombres, sino para salvarlas» (Lucas 9:55-56 RV1960)

El mensaje es claro, contundente; no requiere mayor explicación que lo dicho por nuestro Señor Jesucristo. Si usted se reconoce e identifica como cristiano, tiene el sagrado deber de seguir las palabras de nuestro Señor Jesucristo:

«Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mateo 5:9 RV 1960).

Todo lo que sea contrario a este mandato es una clara violación a la orden divina dada por nuestro Señor Jesucristo. Si usted es un seguidor de Jesús, actúe como él, viva como él. Si no, deje de llamarse a sí mismo cristiano, porque no lo es. Recordemos las palabras de Jesús a quienes se llamaban en aquellos días seguidores del Dios único y verdadero, hombres sumamente religiosos:

«Y cualquiera que haga tropezar a alguno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgase al cuello una piedra de molino de asno, y que se le hundiese en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los tropiezos!, porque es necesario que vengan tropiezos, pero ¡ay de aquel hombre por quien viene el tropiezo! » (Mateo 18:6-7 RV1960)
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