El hecho de que seamos llamados a soportar pruebas demuestra que el Señor Jesús ve en nosotros algo valioso que desea perfeccionar. Si no hallara en nuestras vidas nada con qué glorificar su nombre, no se tomaría el tiempo de purificarnos. El amor de Dios hacia sus hijos en los momentos de mayor aflicción es tan inmenso y tierno como en los días de mayor prosperidad.
Es difícil describir con palabras el gozo y la paz de quien acepta con fe plena lo que Dios dice. Las pruebas no logran perturbarlo; los desaires no le afectan, pues ha crucificado el «yo». Día tras día sus deberes pueden tornarse abrumadores, sus tentaciones más intensas y sus dificultades más severas; no obstante, permanece firme, recibiendo fortaleza en su andar cotidiano.
Busquemos al Señor para que nos otorgue la sabiduría necesaria en cada circunstancia. En medio de cada prueba, roguemos a Jesús que nos muestre el camino de salida y abra nuestros ojos para discernir la solución, aplicando a nuestra necesidad las promesas de restauración consignadas en su Palabra. De este modo, el adversario no hallará ocasión para inducirnos a la queja o a la incredulidad, sino que permaneceremos firmes en fe, esperanza y valor en el Señor.
No es momento de ceder ante el desaliento ni de desfallecer bajo el peso de la aflicción. El Señor nos ha asegurado que su gracia es suficiente para sobrellevar cualquier dificultad; aun cuando estas se tornen más duras que nunca, si depositamos en Él una confianza absoluta, venceremos toda tentación y saldremos victoriosos por su poder. Cuando las pruebas y tribulaciones nos alcancen, recordemos que tienen el propósito de renovar nuestras fuerzas y moldear en nosotros una mayor humildad, a fin de que el Señor pueda bendecirnos en abundancia y sostenernos en su infinito amor.
Bendiciones.
Es difícil describir con palabras el gozo y la paz de quien acepta con fe plena lo que Dios dice. Las pruebas no logran perturbarlo; los desaires no le afectan, pues ha crucificado el «yo». Día tras día sus deberes pueden tornarse abrumadores, sus tentaciones más intensas y sus dificultades más severas; no obstante, permanece firme, recibiendo fortaleza en su andar cotidiano.
Busquemos al Señor para que nos otorgue la sabiduría necesaria en cada circunstancia. En medio de cada prueba, roguemos a Jesús que nos muestre el camino de salida y abra nuestros ojos para discernir la solución, aplicando a nuestra necesidad las promesas de restauración consignadas en su Palabra. De este modo, el adversario no hallará ocasión para inducirnos a la queja o a la incredulidad, sino que permaneceremos firmes en fe, esperanza y valor en el Señor.
No es momento de ceder ante el desaliento ni de desfallecer bajo el peso de la aflicción. El Señor nos ha asegurado que su gracia es suficiente para sobrellevar cualquier dificultad; aun cuando estas se tornen más duras que nunca, si depositamos en Él una confianza absoluta, venceremos toda tentación y saldremos victoriosos por su poder. Cuando las pruebas y tribulaciones nos alcancen, recordemos que tienen el propósito de renovar nuestras fuerzas y moldear en nosotros una mayor humildad, a fin de que el Señor pueda bendecirnos en abundancia y sostenernos en su infinito amor.
Bendiciones.