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Crecimiento Personal

¿El síndrome del fariseo? Una advertencia solemne para el pueblo del remanente

Edgar Alberto Sanchez Gonzalez
Edgar Alberto Sanchez Gonzalez
Oct 30, 2026 · 3 min de lectura
¿El síndrome del fariseo? Una advertencia solemne para el pueblo del remanente
En la Palestina del siglo primero existía un sector religioso caracterizado por su estricto celo: los fariseos. Surgidos como herederos espirituales de la resistencia contra la tiranía seléucida de Antíoco IV Epífanes en el siglo II a.C., este grupo se distinguió por su firme custodia de la fe ancestral. A diferencia de otros movimientos de su tiempo, resistieron la marea helenizante que durante generaciones amenazó con disolver la fe hebrea.

Aquellos hombres se erigieron como baluartes del monoteísmo, resguardando el culto al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob frente al sincretismo grecorromano. Su entrega y rigor les confirieron legitimidad y estima entre el pueblo común, que los veía como guardianes de la Ley.

Sin embargo, al recorrer las páginas de los evangelios, surge una realidad interpelante: ¿por qué Jesucristo concentró sus amonestaciones más enérgicas precisamente contra ellos?

El escenario político-religioso de Judea distaba de ser homogéneo. Por un lado se encontraban los zelotes, quienes canalizaron su devoción mediante la confrontación armada y la violencia insurgente. Por otro estaban los herodianos, pragmáticos e inclinados a la asimilación cultural y política del poderío romano con tal de conservar privilegios. Asimismo, los saduceos —aristocracia sacerdotal que rechazaba doctrinas como la resurrección— pactaban constantemente con la autoridad imperial para salvaguardar el orden establecido.

Los fariseos, en contraste, se volcaban al estudio meticuloso y a la observancia de la Torá. Se consideraban los verdaderos herederos de las promesas de Abraham y procuraban guardar la Ley de Moisés hasta en sus minucias más externas.

Es aquí donde reside la profundidad del ministerio de Cristo: el Salvador dedicó incontables esfuerzos a confrontar a los fariseos no por odio, sino por amor redentor hacia quienes debían ser la luz del pueblo. El dolor del Maestro radicaba en que aquellos devotos habían retenido la forma exterior del mandamiento, perdiendo el espíritu de la gracia y la justicia. Cegados por tradiciones y ordenanzas humanas, desatendieron el mensaje proclamado por los profetas: Dios demanda la entrega genuina del corazón, no únicamente el ritualismo externo. Como lamentó el apóstol: 

«A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron» (Juan 1:11).

Esta lección de la historia sagrada interpela de forma directa a la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Como remanente que guarda los mandamientos de Dios y tiene la fe de Jesús, aguardamos con anhelo el segundo advenimiento de Cristo, tal como los religiosos de antaño aguardaban el primero.

Cabe preguntarnos con reverencia y autoexamen: ¿incurriremos en el mismo error de los contemporáneos del Salvador? ¿Nos hallará el Señor ceñidos a un formalismo frío, confiados en nuestras credenciales doctrinales pero distantes del Maestro?

La ortodoxia doctrinal desprovista de un discipulado vivo corre el riesgo de transformarse en legalismo estéril. Tenemos el deber urgente de volver con humildad a las Sagradas Escrituras y permitir que la gracia renueve nuestra experiencia cotidiana. Cristo nos recuerda el verdadero sentido de la piedad práctica: 

«Si me amáis, guardad mis mandamientos» (Juan 14:15)

Teniendo presente que «el que no ama a su hermano a quien ha visto:

¿Cómo puede amar a Dios a quien no ha visto?» (1 Juan 4:20). 

Que al regresar en gloria y majestad, el Hijo del Hombre encuentre en nosotros no la vanagloria farisaica, sino una fe viva que obra por el amor.
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