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Crecimiento Personal

Bienaventurados los pobres en espíritu

Andrés Rodriguez
Andrés Rodriguez
Jul 24, 2026 · 4 min de lectura
Bienaventurados los pobres en espíritu
BIENAVENTURADOS LOS POBRES EN ESPÍRITU
 
Después de la elección de los discípulos, Jesús se reunió con ellos para darles instrucción, amonestación, ruego y motivación para el caminar que iban a empezar con Él. La gente se amontonaba a la orilla del río para escuchar lo que este hombre con un poder envolvente estaba por decir. Venían personas de todo lado buscando sanidad para sus vidas; otros, por morbo, iban a escucharlo; y otros simplemente se sentían atraídos por las palabras que salían de su boca. Jesús se dirigió a la montaña debido a la multitud; sus discípulos le siguieron, y sentándose alrededor de Él, esperaban algún anuncio acerca del establecimiento del reino de Dios. No querían perderse detalle alguno, porque pensaban que ellos eran los que iban a ocupar ese lugar prominente en su reino. "Un sentimiento de expectativa dominaba también a la multitud, y los rostros tensos daban evidencia del profundo sentido de interés" (DTG, pág. 270). Los asistentes se movían bajo sus propios intereses: unos, la gloria mundanal; otros querían ser reconocidos mundialmente como el pueblo del Señor; otros querían librarse del imperio romano; otros buscaban vestidos y cosas costosas que los sacaran de la condición precaria en la que estaban. Todos con intereses ajenos a los que Jesús quería compartirles.
 
Cristo frustró sus expectativas. Dice la sierva del Señor que "trató de deshacer la obra que había sido hecha por una falsa educación, y de dar a sus oyentes un concepto correcto de lo que era el reino y de su propio carácter" (DTG, pág. 270-271). Cristo les enseñó lo que necesitaban para estar en el reino de Dios. Y en sus primeras palabras, desconcertando a todo el mundo, dijo: "Bienaventurados los pobres…" (Mateo 5:3).
 
¿Cómo que los pobres? ¿Una parte de la sociedad olvidada eran los bienaventurados? La palabra que Jesús usó, en el griego original, es ptójos (πτωχός), que significa mendigo, pordiosero —literalmente alguien que se agazapa o se encoge pidiendo ayuda—. Denota estrictamente la mendicidad absoluta y pública, aunque también se usa en sentido calificado o relativo. No es simplemente "alguien con poco"; es alguien que no tiene nada propio que ofrecer y depende por completo de lo que otro le dé. Ese es el cuadro que Jesús pinta del que entra al reino: alguien que se presenta ante Dios sin mérito alguno, con las manos vacías, agazapado ypidiendo.
 
Esta palabra causó cierto escozor en las personas que tenían privilegios y poder, y en quienes anhelaban aún más riqueza. El evangelio era traído a los "que reconocen su pobreza espiritual y sienten su necesidad de redención" (DTG, pág. 271). No es para los altivos espiritualmente, ni para los que creen que ya lo alcanzaron todo. Apocalipsis 3:17 lo dice muy bien: "Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo". El reino de los cielos es para nosotros, que necesitamos de ese poder sobrenatural que toca nuestro corazón y nos lleva al arrepentimiento, que hace que nuestro corazón se contrite ante la Palabra y la inmensidad de Dios.
 
Mientras tanto, el corazón que busca la salvación por su propio mérito es un corazón orgulloso. El apóstol Pablo dice lo siguiente en Efesios 2:8-9: "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe". Y en Tito 3:5: "Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo". Nuestro acceso al cielo se encuentra únicamente en los méritos de Cristo. La sierva del Señor sigue diciendo que "el Señor no puede hacer nada para sanar al hombre, hasta que, convencido este de su propia debilidad y despojado de toda suficiencia propia, se entrega al dominio de Dios" (ibíd.). Isaías 29:19 dice: "Entonces los humildes crecerán en alegría en Jehová, y aun los más pobres de los hombres se gozarán en el Santo de Israel". Bienaventurados somos cuando Dios, en su misericordia, nos llama a través de su Espíritu, y nosotros, al reconocer nuestra posición de podredumbre, vamos a Él.
 

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