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Liderazgo

Bienaventurados los pacificadores

Edgar Alberto Sanchez Gonzalez
Edgar Alberto Sanchez Gonzalez
Aug 21, 2026 · 5 min de lectura
Bienaventurados los pacificadores
"Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios" (Mateo 5:9). En esta máxima del Sermón del Monte, Jesús no describe una actitud pasiva ni una diplomacia de conveniencia. El pacificador bíblico no es aquel que simplemente evita el conflicto a cambio de comodidad, sino el agente activo del reino de los cielos que irrumpe en un mundo fracturado para restaurar la justicia, la verdad y la dignidad humana. Sin embargo, a lo largo de la historia, la comunidad de fe ha sucumbido una y otra vez a una tentación peligrosa: cambiar la espada del Espíritu por las alianzas con los poderes terrenales.

"La unión de la iglesia con el estado, por pequeña que sea, puede parecer el comienzo de la tolerancia; pero en realidad es la apertura de la puerta a la persecución."

Cuando la religión se une a la política, lo primero que perdemos es la potencia de la voz profética. Y cuando la iglesia olvida que su ciudadanía es celestial, el resultado rara vez es la paz; es la complicidad con la opresión.

La historia de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en el siglo XX ofrece lecciones desgarradoras sobre los peligros de transigir con los regímenes de turno por el afán de conservar estructuras, templos y estatus legal.

El caso más paradigmático ocurrió en la Alemania nazi (1933-1945). En su afán por demostrar lealtad a un Estado totalitario, sectores de la Iglesia Adventista del Séptimo Día en Alemania adoptaron una política de colaboración y aquiescencia ideológica. Se justificó la discriminación racial, se marginó y expulsó a los miembros de origen judío para cumplir con las leyes del régimen, y se llegó a glorificar el orden dictatorial. Décadas más tarde, en 2005, la iglesia reconoció oficialmente este trágico desvío, pidiendo perdón por haber fallado en proteger a los perseguidos y por anteponer la supervivencia institucional a los principios innegociables del evangelio.

Una tragedia similar, aunque bajo un matiz de pugnas étnico-políticas, se vivió durante el genocidio de Ruanda en 1994. Pese a décadas de crecimiento numérico, la iglesia adventista en ese país falló en encarnar la unidad radical en Cristo frente a las divisiones tribales (hutu y tutsi). La lealtad a la política de odio imperante se filtró hasta los templos, donde algunos líderes religiosos —históricamente llamados a ser refugio y ejemplo— terminaron cediendo ante la violencia o participando activamente en ella, demostrando que la fe sin una profunda transformación de la justicia social es frágil ante el poder de la ideología.

Estos episodios históricos exponen el error fundamental de buscar el respaldo del César para hacer avanzar la causa de Dios. La historia demuestra que la unión de la iglesia con el Estado, por sutil que parezca al inicio, siempre termina erosionando la libertad de conciencia.

El reino de Cristo no se edifica mediante la coacción de la ley civil ni mediante el alineamiento con partidos políticos o nacionalismos excluyentes. Cuando los líderes religiosos buscan el poder terrenal, se convierten en guardianes de ideologías en lugar de ser custodios de la gracia. La neutralidad profética no es indiferencia ante los problemas del mundo; es la convicción de que los métodos de Dios —el amor sacrificial, la verdad y la persuasión de la conciencia— son radicalmente distintos a los métodos de la política, basados en la fuerza, la exclusión y el dominio.

Ser un pacificador hoy exige una vigilancia constante frente a las ideologías polarizadoras y las tentaciones del poder. Implica rechazar cualquier intento de utilizar la fe como instrumento de supremacía o discriminación.

Si ustedes quieren seguir en la piscina del odio y los señalamientos, se jodieron porque Dios no les va a arreglar eso - Francisco de Roux

Los errores del pasado nos dejan una advertencia impostergable: la iglesia pierde su razón de ser cuando imita la lógica de los reinos de este mundo. Nuestra misión no es asegurar privilegios políticos ni alianzas estratégicas con los poderosos, sino levantar en alto la cruz de Cristo, donde se rompen todas las barreras de raza, tribu y nación. Solo cuando renunciamos a la coacción y nos aferramos a la justicia del evangelio podemos aspirar con integridad a la promesa de ser llamados hijos de Dios.

Hoy más que nunca debemos estar alertas, porque estamos sucumbiento antes los encantos de Jezabel, estamos fornicando con el protestantismo apóstata que se goza en forjar alianzas con los poderes mundanos, negando todas las enseñanzas bíblicas y mancillando la causa de nuestro Señor Jesucristo. Usted amigo lector tiene la oportunidad de elegir, lea su biblia y constate por sus propios medios cúal es el evangelio de paz al que hemos sido llamados a difundir.

Y Jesús se acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén - Mateo 28:18-20 RV1960
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