En esta lectura exploraremos la vivencia de un hombre convencido de que Dios actuaría de forma contundente contra una ciudad pagana, politeísta y corrompida. Sin embargo, el desenlace no fue el que él anticipaba. De haberse cumplido las expectativas humanas de Jonás, el profeta habría alcanzado su anhelo personal: ver el juicio divino caer inexorablemente sobre aquella nación. No obstante, Nínive —una metrópoli descrita como inmensa, con más de 120.000 habitantes y una extensión de unos 13 kilómetros que demandaba tres días de recorrido— dio un giro inesperado al recibir la advertencia profética y volverse de sus malos caminos, de sus pensamientos perversos y de su vida idolátrica.
Veamos lo que el relato bíblico nos detalla sobre la escena que condujo a Jonás a guardar silencio ante la respuesta divina (Nueva Traducción Viviente):
Veamos lo que el relato bíblico nos detalla sobre la escena que condujo a Jonás a guardar silencio ante la respuesta divina (Nueva Traducción Viviente):
«El día que Jonás entró en la ciudad, proclamó a la multitud: “Dentro de cuarenta días Nínive será destruida”» Jonás 3:4
«Tanto el pueblo como los animales tienen que vestirse de luto y toda persona debe orar intensamente a Dios, apartarse de sus malos caminos y abandonar toda su violencia» Jonás 3:8
«Cuando Dios vio lo que habían hecho y cómo habían abandonado sus malos caminos, cambió de parecer y no llevó a cabo la destrucción con que los había amenazado» Jonás 3:10
«Entonces Jonás se fue al oriente de la ciudad e hizo una enramada. Luego se sentó bajo la sombra de la enramada mientras esperaba ver lo que le acontecería a la ciudad». Jonás 4:5
La reflexión bíblica nos sitúa frente al contraste entre la resistencia de Jonás y el trato soberano del Señor hacia los ninivitas. La molestia del profeta no radicaba en la falta de poder del mensaje, sino precisamente en su eficacia: él sabía que la labor profética no solo advierte, sino que abre la puerta al perdón cuando hay contrición. Ante el clamor ferviente del pueblo, Dios contempló sus obras y manifestó su misericordia, transformando una sentencia inminente de juicio en un acto salvífico.
Por su parte, el silencio de Jonás fuera de los muros (Jonás 4:5) delata la frustración de quien prefiere aferrarse a su propio juicio antes que someter su corazón a un autoexamen sincero. El profeta insistía en contemplar una destrucción total, incapaz de asimilar que la gracia de Dios alcanzara a aquellos a quienes Israel tanto temía y repudiaba. Paradójicamente, un pueblo extranjero y pagano recibió el llamado al arrepentimiento, mientras que el pueblo escogido —llamado a ser real sacerdocio y canal de bendición para todas las naciones— tantas veces endureció el corazón ante las advertencias divinas.
Con frecuencia, en nuestros propios pensamientos surge la misma pretensión de Jonás: catalogar a ciertos individuos como indignos de la redención provista por el Padre mediante su Hijo unigénito, Jesucristo. Llegamos a suponer que hay vidas tan sumidas en la maldad y en las tinieblas que el poder de Cristo no podrá transformarlas. Olvidamos, sin embargo, que la convicción de pecado es obra soberana del Espíritu Santo, quien quebranta corazones como lo hizo en Nínive, trayendo un arrepentimiento inesperado tanto en nosotros mismos como en aquellos a quienes creíamos lejos de su alcance.