El amor de Dios hacia la raza caída es una manifestación sublime de su gracia que brota de la misericordia, pues todos los seres humanos somos indignos de ella. La misericordia presupone la imperfección del objeto sobre el cual se derrama; por causa del pecado, esta fue puesta en activo ejercicio.
Dios nos propone una cooperación a nosotros, criaturas frágiles y descarriadas a quienes ha colocado en un terreno ventajoso. Por un lado se hallan la infinita sabiduría, la bondad, la compasión y el poder; por el otro, la debilidad, la pecaminosidad, la absoluta impotencia, la pobreza y la dependencia. Al ser humano se le concede el inmenso privilegio de obrar junto con Dios en la salvación de su propia alma: hemos de recibir a Cristo como nuestro Salvador personal y creer plenamente en Él.
El plan de redención fue concertado en los consejos eternos entre el Padre y el Hijo. Fue allí donde Cristo se comprometió a responder por el hombre si este resultaba desleal, disponiéndose a efectuar una expiación que reconciliara a toda alma creyente con Dios. Quien deposita sus culpas sobre el divino Sustituto y Garante puede exclamar con gozo: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús».
En su amor infinito, Cristo concibió el plan de salvación y está presto a consumarlo en favor de todos los que cooperen con Él. Intercediendo por nosotros ante el Padre, declara: «No les imputes sus pecados; cárgalos sobre mí. Sé misericordioso con sus transgresiones y no recuerdes más sus faltas ni sus iniquidades».
Bendiciones.