León Tolstói escribió: «Solo hay una forma de combatir la maldad general de la vida: la perfección moral, religiosa y espiritual de tu propia vida».
No podemos cambiar todo lo que ocurre a nuestro alrededor, pero sí podemos comenzar por nosotros mismos.
No podemos cambiar todo lo que ocurre a nuestro alrededor, pero sí podemos comenzar por nosotros mismos.
«Mientras dure el día, debemos hacer las obras del que me envió; viene la noche, cuando nadie puede trabajar». — Juan 9:4
A menudo sabemos con claridad qué debemos hacer. El obstáculo rara vez es la falta de conocimiento… sino la resistencia a decidir cuándo actuar. Con frecuencia nos decimos:
«Lo haré después».
«Cuando tenga más tiempo».
«Cuando sea el momento oportuno».
Pero ¿y si el momento oportuno es precisamente hoy? En 1970, al asumir la gobernación de Georgia, Jimmy Carter sorprendió al auditorio con una declaración tajante: «El tiempo de la discriminación racial ha terminado». Actuar con rectitud resultaba difícil y controversial, pero había llegado la hora inaplazable de hacerlo.
La postergación nos engaña: disfraza la inacción de prudencia y sustituye lo prioritario por lo cómodo o pasajero. Así dejamos para mañana lo que la conciencia nos pide resolver hoy: pedir perdón, corregir una conducta, cumplir una responsabilidad pendiente o dar ese primer paso decisivo.
No esperes condiciones perfectas.
No esquives la incomodidad de obedecer.
No des por sentado que siempre habrá un mañana.
Cuanto más dilatamos una decisión correcta, más pesado se vuelve el camino.
La disciplina personal nos permite vencer nuestras debilidades; sin embargo, es la justicia de Dios la que ensancha la mirada hacia el prójimo, impulsándonos a buscar el bien y a ser instrumentos de restauración. Por eso, actúa hoy:
Si tienes que pedir perdón, pídelo ahora.
Si necesitas cambiar de rumbo, comienza ahora.
Si debes hacer el bien a alguien, hazlo ahora.
Si debes dar el primer paso en fe, dalo ahora.
Y, por encima de todo, guarda esta certeza en el corazón: La justicia de Cristo cubre nuestras faltas. Dios perdona, justifica y acoge con gracia a todo corazón arrepentido.
Ninguno de nosotros conoce cuánto tiempo le queda. Por eso, cuando el Señor te muestre con claridad lo que debes hacer, no te detengas.
Quizá nunca exista un momento humanamente perfecto, pero el momento que Dios te da para actuar con fidelidad es este.
No mañana. No después.